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Recuperar el futuro: La reinvención del “derecho social”

Por William Davies

Publicado originalmente en: http://www.ippr.org/juncture/171/11741/recovering-the-future-the-reinvention-of-social-law

En los años posteriores a la crisis financiera de 2007 – 2009, el centro-izquierda británico ha redescubierto su interés por el carácter del capitalismo, como un conjunto interrelacionado de instituciones sociales, económicas y políticas.[1] Esto plantea una serie de preguntas difíciles. ¿Cómo influye un movimiento político en las instituciones, más allá de los límites del Estado o de la política tal como se entiende habitualmente? ¿Cuáles serán los agentes, individuales o de organización, que tratarán de llevar a cabo dicha influencia o transformación? ¿Y qué cosa es una “institución” de todos modos?

El Partido Laborista se enorgullece de sus grandes innovaciones institucionales del pasado, con el Servicio Nacional de Salud (NHS) encabezando la lista. Sin embargo, ahora se tiene la sensación de que las restricciones fiscales y los problemas de legitimidad del Estado hacen que tales actos audaces de invención gubernamental sean más difíciles de aceptar. En su lugar, hay una esperanza difusa—compartida por muchos en la derecha—de que alguien más, ya sea en el empresariado o la sociedad civil, tenga la suficiente energía y capital para inventar nuevas instituciones o influir en el carácter del capitalismo desde dentro.

Tenemos que tomar esta esperanza en serio. Sin embargo, también tenemos que pensar cuidadosamente acerca de los obstáculos que se interponen en el camino de la renovación y la invención. Este ensayo aborda dichos obstáculos de dos formas. En primer lugar, considera el problema conocido como “financiarización”, el cual representa una carga constante sobre los esfuerzos de renovación social y económica. La segunda perspectiva es histórica: la innovación institucional (por ejemplo, en los negocios y las formas de propiedad) reiteradamente se topa con el problema de que nuestra economía ha sido formateada de ciertas maneras, para privilegiar ciertas ortodoxias acerca de cómo deben estructurarse las instituciones. Esto nos ata al pasado, sofocando las perspectivas de renovación. La idea con la que concluyo es que los abogados emprendedores imaginativos pueden ser un ingrediente fundamental en la superación de esto, pero demasiado a menudo han sido pasados por alto como fuentes de innovación potencial.

¿Financiarización o política?

En palabras de Hannah Arendt, toda política se lleva a cabo “entre el pasado y el futuro”. Las decisiones, las protestas, los juicios, los anuncios de políticas, los movimientos sociales y los discursos se producen contra un trasfondo de memoria compartida e instituciones históricas. Pero la política sólo puede ofrecer esperanza si se ve capaz de inventar un futuro nuevo. El presente político es un momento de indeterminación emocionante, a veces aterradora, a excepción de cuando se cierra o se determina intencionalmente de alguna forma.

El capitalismo se constituye de manera más explícita por las relaciones entre pasado, presente y futuro. Su lógica expansiva, que da lugar a niveles inigualables de crecimiento, sólo es posible porque ciertos agentes son capaces, por así decirlo, de traer el futuro al presente. Un emprendedor insiste en que su empresa va a generar beneficios en el futuro y obtiene inversión sobre esta base. Los financieros y las aseguradoras se especializan en representar el futuro matemáticamente, es decir, convertirlo en riesgos que pueden ser cubiertos, titulizados y vendidos. Muchas de las instituciones fundamentales en una economía capitalista son las que determinan cómo ha de representarse el futuro, cómo han de distribuirse sus beneficios, y lo que sucede cuando los planes salen mal. Al igual que los consumidores esperando ansiosamente la próxima versión del iPhone, el resto de nosotros descubrimos lo que se ha decidido previamente acerca del futuro cuando finalmente llegamos allí nosotros mismos.

Por lo tanto, siempre hay una cierta tensión entre el ritmo histórico de la política, en el sentido inventivo de Arendt, y el de la actividad capitalista. Si la esperanza política consiste en el sentido de que el futuro, estando todavía sin hacer, es susceptible a los diseños y planes colectivos, entonces, las instituciones capitalistas reservan tales derechos para grupos selectos que ven el futuro a través de la lógica de la inversión. Wolfgang Streeck ha sugerido recientemente que, en la estela de la crisis financiera global, una tensión endémica entre la lógica del mercado y la lógica democrática se está resolviendo a favor de la primera.[2] Del mismo modo, hay razones para temer que las limitaciones que la temporalidad capitalista impone a posibilidad política están siendo reforzadas a un nivel asfixiante. La razón de esto se deriva de las tendencias conocidas como “financiarización” que han afligido a occidente, al mundo angloparlante en particular, desde la década de 1980.[3]

Lo que distingue a la financiarización es la extensión de la lógica del riesgo y la inversión, que es fundamental en el capitalismo productivo, a los activos no-productivos (como las casas) y a formas de actividad (como la educación). De esta manera el futuro, en todas sus posibilidades, se convierte en un recurso para ser calculado, valuado y explotado. Conceptos e instrumentos inicialmente ideados en la Universidad de Chicago, como el “capital humano”, son cruciales en esta extensión de la lógica de la inversión más allá de los ámbitos del trabajo y la producción y su introducción en las grietas de la vida cotidiana. El anverso de esta estimación es que se espera que los individuos asuman la deuda, garantizada contra un futuro modelado matemáticamente.

Aunque el término “financiarización” es poco conocido en el debate político corriente, su presencia se puede discernir en una serie de tendencias políticas recientes. Una de ellas es el aumento de los conflictos económicos intergeneracionales, en el cual la generación de baby-boomers es acusada ​​de “cortar el puente” de la prosperidad. Esta puede ser una representación torpe de cómo existe empíricamente la desigualdad, pero es un síntoma de cómo la financiarización corroe nuestra experiencia compartida del tiempo y, en el proceso, nuestro mundo político compartido. Debido al particular poder del apalancamiento en el mercado de la vivienda, la gente ahora se siente dividida a fuerza de la suerte existencial, en cuanto a cuando nacieron y cuando llegaron a la escalera de la vivienda.

La financiarización también está implicada en el sentido de estancamiento ideológico que nos aflige hoy en día. La cuestión de cómo y por qué el neoliberalismo sobrevivió a la crisis bancaria casi ha generado su propio sub-género de escritura político-económica.[4] Para muchos, resulta extraordinario que nuestra capacidad de renovación política, económica e intelectual sea tan débil. Esto sólo puede explicarse teniendo en cuenta la lógica de la deuda que une el pasado, el presente y el futuro en un fardo apretado. Toda deuda es una forma de promesa. Una sociedad que acumula promesas, como lo ha hecho Gran Bretaña y en tan poco tiempo, dificulta en gran medida su capacidad para dar nueva forma a su futuro, al encontrarse a sí misma atada a sus obligaciones pasadas. Cuando se vuelven demasiado poderosas, las finanzas no sólo atentan contra la democracia, sino también contra el progreso.

Hay una institución dentro de las sociedades capitalistas que está diseñada precisamente para rescatar al progreso del peso de las obligaciones pasadas: la quiebra. Los libertarios de tala-y-quema y los hayekianos afirman que sólo si esta institución es utilizada al máximo, es decir, si las inversiones ineficientes y mal-valuadas pueden ser identificadas y abandonadas, puede restaurarse el progreso. Es despiadado, pero contiene las semillas de la esperanza. Por el contrario, la financiarización implica cumplir las promesas monetarias existentes a toda costa—y luego añadir más. Las tasas de interés son reducidas a cero (o menos), previniendo quiebras. Los rescates mantienen instituciones con vida. El efecto de todo esto es lo que Andy Haldane del Banco de Inglaterra ha caracterizado como una “resaca de la deuda”: la economía brega, apenas soportando las secuelas de la noche anterior.[5] Esquemas tales como “Ayuda a comprar” del canciller George Osborne aparentemente prescriben “tomarse una copa para que pase la resaca”. En lo que respecta a las condiciones de vida tradicional de la clase media (propiedad de la vivienda y educación superior), el Estado ofrece avalar aún más deuda.

La lógica económica de esto puede ser difícil de entender. La sociedad de hoy—de Estados Unidos a China, de Grecia a Alemania, de las residencias de estudiantes a las arcas del gobierno—está desbordada de deuda que nunca va a ser liquidada por completo. Tal vez la consecuencia política, por lo tanto, sea lo que más importa. La apertura y la indeterminación del futuro se estrechan por su conexión con el pasado, asegurado a través de los lazos de papel. Hacer frente a la deuda histórica se convierte en una preocupación económica en sí misma, generando lo que los economistas llaman una “depresión de balance”, en el que las ganancias se utilizan para pagar la deuda en lugar de apoyar la inversión futura. Esta noción de un pasado ineludible gravoso es lo que incita a la depresión en el sentido psicoanalítico también.

Ingredientes de la esperanza política

¿Cómo comenzar de nuevo? El impago, la quiebra y los jubileos de deuda son todos ingredientes importantes en la restauración de la esperanza política contra las fuerzas de la financiarización. Facilitan un abandono del pasado. Lo que no pueden es ayudar a la construcción de un futuro alternativo, en forma de nuevos tipos de instituciones. La creación y destrucción de nuevas instituciones dentro de la economía productiva ha sido tradicionalmente la gran baza del capitalismo. Aquellos que han celebrado esta capacidad a menudo se han centrado en los emprendedores individuales como la fuerza motriz de este proceso, aunque esto subestima el papel de los planes de negocio, los contratos legales, la financiación mediante acciones, la financiación crediticia y la responsabilidad limitada, los cuales hacen posible que la visión institucional del emprendedor logre ser una forma de realidad tangible e intangible.

Por lo tanto, una manera de pensar acerca de la renovación institucional es considerar cuales elementos del capitalismo innovador pueden ser tomados y aplicados en el ámbito social, o bien utilizados para transformar el carácter social del capitalismo mismo. Si la financiarización puede ser entendida como la extensión de los elementos constrictivos del capitalismo a la gobernanza de las relaciones sociales, entonces un contra-proyecto entrañaría tomar las cualidades liberadoras y dinámicas del capitalismo y canalizar éstas al ámbito social.

Por extraño que parezca, este enfoque no es muy diferente al adoptado por los primeros pensadores neoliberales de las décadas de 1930 y 1940, que miraban hacia el capitalismo de libre mercado en la búsqueda de mecanismos e instituciones a través de las cuales el liberalismo político podría ser revivido. Según relata la historia del pensamiento neoliberal de Angus Burgin, muchos de los neoliberales europeos de esa época creían que estaban involucrados en una forma de reconstrucción cuasi-socialista, que se parecía muy poco al anarco-capitalismo posteriormente celebrado por la escuela de Chicago.[6]

Este intento de extender el dinamismo y modernización capitalistas más allá de los límites de la economía productiva privada puede ser observado en una serie de nuevas actividades “sociales” de los últimos años: “emprendimiento social”, “innovación social”, “finanzas sociales”, “empresa social” y así sucesivamente. Las propiedades arquitectónicas de internet, que parecen prestarse a la búsqueda de bienes públicos agregados, subyacen a muchas de estas iniciativas “sociales”. Estos proyectos sociales son alimentados por una forma de esperanza, sobre todo cuando sus gastos generales son bajos y están consecuentemente menos agobiados por la lógica de la inversión. Pero la mayor de las veces se trata de una esperanza utilitaria: la aspiración es tomar tecnologías familiares y formas de organización y aplicarlas en la búsqueda de algún bien social más amplio.

Lo que se explora menos comúnmente es la capacidad política del emprendimiento para reinventar y transformar las instituciones centrales de la propiedad, la gobernanza, el dinero y las finanzas. El emprendimiento históricamente ha sido celebrado por los conservadores por su individualismo y romanticismo capitalista. Joseph Schumpeter, el más grande teórico del emprendimiento, expresó su admiración por los emprendedores con una retórica militarista.[7] Pero si la pregunta es cómo restaurar un sentido de posibilidad política en y alrededor de las instituciones económicas, la izquierda no puede prescindir de la noción de emprendimiento, aunque despojada de parte de su heroísmo individualista. Se necesita algún modelo de innovación político-económica si el discurso sobre un capitalismo diferente no ha de seguir siendo meramente académico.

El problema con el neoliberalismo es que su sentido de la innovación es demasiado restringido. La novedad se limita a nuevos productos y servicios, y casi nunca es extendida a nuevas normas o prácticas socioeconómicas. De ahí que el menú de McDonald’s se ha ampliado de seis a 49 ítems en el lapso de una generación, pero, por ejemplo, el número de formas corporativas apenas ha cambiado desde la era victoriana.[8] Aquellos que intentan innovar con respecto a un nuevo tipo de negocio o un nuevo tipo de propiedad a menudo son derrotados. Cuando una idea es realmente transformadora no sólo de un servicio o producto en particular, sino del sistema dominante en el que circulan servicios y productos, los emprendedores sociales chocan con frustraciones vitalmente desgastantes, como la incapacidad de los reguladores, auditores, bancos y contables para clasificar estas nuevas formas. Vivimos en una sociedad que pretende celebrar la novedad pero también insistimos en que la novedad sea lo suficientemente familiar como para ajustarse a nuestras categorías pre-existentes y sus supuestos subyacentes.

Acrecentando el “derecho social”

El éxito del capitalismo en lograr nuevas instituciones se atribuye a varios ingredientes, aunque a menudo como una cortina de humo ideológica. Los empresarios y financistas están felices de quedarse con el crédito. Pero hay otro ingrediente que por alguna razón es mayormente pasado por alto: el derecho y los abogados. Después de todo, no son sólo pilas de papeles financieros y chispas de visión empresarial las que permiten que el futuro capitalista sea diseñado y reforzado. También están los contratos, los derechos de propiedad, el derecho al voto y los marcos regulatorios. De hecho, sin leyes ninguno de los productos o servicios ofrecidos por los servicios financieros sería sostenible.

Las instituciones pueden ser entendidas como ilusiones compartidas con efectos reales. Los economistas pueden pretender reconocer las instituciones, pero sólo lo hacen a través de sus efectos y olvidan la ilusión compartida de que las engendra. Los abogados, por su parte, son los artífices de gran parte de lo que mantiene unida a la sociedad en primer lugar. Cuando las personas acuerdan cooperar hacia una meta futura, a menudo dependen de la ley y los abogados para hacerlo. Cuando se tiene en cuenta el papel fundamental que juega la ley en la idea misma de “sociedad”, resulta curioso que los abogados raramente hayan sido considerados como posibles contribuyentes al socialismo exitoso.

No todas las instituciones dependen de la ley para su construcción. No obstante, ocurre que los que tratan de construir instituciones de manera diferente, a través de formas alternativas de dinero, propiedad y gobierno, a menudo descubren que la falta de conocimientos jurídicos y la falta de plantillas legales están entre sus mayores obstáculos. Por lo tanto, la innovación real depende de la heroica y feroz testarudez de ciertos individuos, ya que reciben muy poco apoyo infraestructural o profesional. Si todas las instituciones son engaños colectivos, el derecho es el mejor y más rápido medio para lograr una suspensión colectiva de la incredulidad. Podría decirse que la profesión legal tiene más capacidad para la reinvención social que cualquier otro sector del público. ¿Por qué tanto “emprendimiento social” pero tan poco “derecho social”?

Una vez más, los primeros neoliberales sirven de guía. La escuela ordoliberal, que existió en Friburgo, Alemania, entre las décadas de 1930 y 1950, se centró en la cuestión de cómo diseñar una nueva economía liberal. Ello siempre fue visto como una cuestión jurídico-constitucional, a ser supervisada por abogados en lugar de economistas. Los ordoliberales no estaban mayormente interesados ​​en la cuestión utilitaria de cuánto bienestar produce el mercado; su preocupación eran los derechos y libertades que garantiza como una cuestión de principios.

Su enfoque, por lo tanto, estaba en los marcos y las condiciones establecidas, respaldados por una forma de constitución económica, dentro de la que los competidores económicos se ven obligados a operar. De esta manera, el Estado podría influir en la economía indirectamente al actuar sobre su forma en lugar de sobre sus resultados. Esto coincide con el ánimo político actual de la izquierda británica, que está buscando la manera de lograr justicia en la economía, pero sin depender de las transferencias del Estado. Cuando el líder laborista Ed Miliband habla hoy de “restablecer” el mercado de la energía o cuando Jacob Hacker aboga por “predistribución”, hay ecos de ordoliberalismo.

Los ordoliberales dieron gran importancia a la ley antimonopolio. El nuevo laborismo puede ser acreditado con una innovación legal-económica exitosa, la empresa de interés comunitario, que fue introducida en 2005 como un modelo para las empresas sociales. Pero las innovaciones jurídicas imaginativas van más allá de los límites del Estado. La licencia Creative Commons, cuyo pionero fue el abogado y activista Lawrence Lessig, demuestra cómo las normas sociales y económicas formales pueden ser reescritas sin la ayuda del Estado. En Gran Bretaña, el movimiento cooperativo ha dependido en gran medida de un solo abogado, Cliff Mills, para la redacción de las constituciones y el asesoramiento sobre formas de organización. Mills también es responsable de asesorar a la mayoría de los primeros casos de mutualización de servicios públicos.[9]

Una vez que los precedentes legales están establecidos, pueden servir de modelo a ser adoptado y adaptado. Un abogado que está dispuesto a participar en los problemas de diseño e innovación institucional—como los ordoliberales estaban preparados para participar en los problemas de diseño e innovación en materia de regulación—puede tener un enorme impacto en las organizaciones existentes. Lo que Erik Olin Wright denomina “utopías reales”—es decir, instituciones no-capitalistas que son “viables”, “convenientes” y “alcanzables” en el aquí y ahora—requieren de instrumentos y expertos que puedan ayudar a darles realidad.

Los abogados que buscan actuar por el bien social tienden a operar dentro de una tradición particular del liberalismo de la Ilustración, centrada en los derechos individuales abstractos. Como resultado de ello, en tanto hay un movimiento de “derecho social” en la actualidad, éste existe en el trabajo de asistencia jurídica y defensa de los derechos civiles. La pregunta interesante es cómo sería tal movimiento si apelase a una tradición paralela de liberalismo, lo que Stuart White ha documentado como “liberalismo revolucionario”.[10] Se trata de una forma de liberalismo, ejemplificado por John Stuart Mill, que aborda las injusticias y los desequilibrios de poder del capitalismo existente y busca corregirlos a través de nuevas formas de propiedad y capital. Esta tradición radical, que converge con el republicanismo cívico y el capitalismo de “stakeholders”, implica una rigurosa crítica de las fuerzas de dominación que operan en las empresas y los mercados. También es inventiva y está esperanzada en imaginar un futuro que sea diferente del presente y del pasado.

Walter Eucken, la figura principal de ordoliberalismo, escribió que “en todo tiempo y lugar la vida económica del hombre consiste en la formación y la realización de los planes económicos”. En común con los neoliberales de la época, su mayor preocupación era evitar que el Estado socialista impusiese sus planes a todos los demás—pero también evitar que las grandes organizaciones privadas fueran a ahogar los planes de las más pequeñas—. Hoy en día, el lenguaje del “plan” parece pasado de moda; en una sociedad financiarizada ya no tenemos “planes”, sino “modelos” y “fuentes de ingresos” en vez. Recuperar la esperanza política en medio de la temporalidad fracturada de la financiarización significa necesariamente habilitar a los individuos, las familias y las comunidades para creer que pueden hacer planes una vez más. La izquierda nunca ha carecido de ideas sobre cómo debería ser el mundo. Lo que carece es de diseñadores y ejecutores de planes que operan más allá del Estado y no obstante mantienen una visión de la sociedad.


[1] Tal como varios observadores han señalado, esto reaviva cuestiones de gobernanza, propiedad y participación accionarial que el Nuevo Laborismo asumió y luego rápidamente dejó de lado a mediados de la década de 1990. Ver White S y O’Neill M (2013) ‘The New Labour That Wasn’t’, New Statesman Staggers blog, 7 de mayo 2013.

[2] Streeck W (2011) ‘The Crises of Democratic Capitalism’, New Left Review, 71.

[3] Véase Krippner G (2012) Capitalizing on Crisis: The Political Origins of the Rise of Finance, Cambridge, MA: Harvard University Press; Lapavitsas C (2013) Profiting Without Producing: How Finance Exploits Us All, Londres: Verso.

[4] Véase Crouch C (2011) The Strange Non-death of Neoliberalism, Cambridge: Polity; Engelen E et al (2012) After the Great Complacence, Oxford: Oxford University Press; Mirowski P (2013) Never Let a Serious Crisis Go to Waste, Londres: Verso.

[5] Haldane A (2010) ‘The Debt Hangover’, conferencia, cena Professional Liverpool, 27 de enero 2010.

[6] Burgin A (2013) The Great Persuasion: Reinventing free markets since the Depression, Cambridge, MA: Harvard University Press; véase también Barker R (2013) ‘Reviews’, Juncture, 19(4): 263–266.

[7] Uno de sus retratos psicológicos del emprendedor era el siguiente: “Hay la voluntad de conquistar: el impulso de luchar, de probarse a sí mismo superior a los demás, de tener éxito no por los frutos del éxito, sino por el éxito mismo. Desde este aspecto, la acción económica se convierte en similar al deporte—hay carreras financieras, o mejor dicho, combates de boxeo”. Schumpeter J (1934) The Theory of Economic Development, Transaction Publishers, p93.

[8] Chakrabortty A (2011) ‘How British Workers are Losing the Power to Think’, Guardian, 19 de diciembre 2011

[9] Davies W y Yeoman R (2013) Becoming a Public Service Mutual: Understanding Transition and Change, Oxford: Centro de Negocios Mutuos y de Propiedad de los Empleados.

El neoliberalismo y la venganza de lo “social”

Por William Davies

Publicado originalmente en: http://www.opendemocracy.net/william-davies/neoliberalism-and-revenge-of-%E2%80%9Csocial%E2%80%9D

La reciente revelación de las actividades de vigilancia masiva por parte de la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU. (NSA) plantea algunas preguntas inquietantes sobre las políticas de las redes digitales de las que nuestras vidas sociales dependen tanto hoy en día. Desde el nacimiento de la World Wide Web en 1990, pasando por la aparición de la “web 2.0” alrededor del año 2003, internet ha sido exaltado como un espacio de organización espontánea de abajo hacia arriba, una manifestación de los valores contra-culturales del área de la Bahía de San Francisco a la que se le acredita su desarrollo. Pero ahora parece que simplemente hemos invitado al Estado a espiarnos a un grado tal que ni la Stasi lo hubiese podido soñar.

Esto también plantea preguntas sobre la última manifestación del “neoliberalismo”. El hecho de que sean los medios de comunicación sociales los que están facilitando esta nueva forma de poder estatal, de que las redes sociales sean el objeto de su mirada, puede indicar que el gobierno neoliberal ya no pone tanto énfasis en el mercado como mecanismo para organizar el conocimiento, regular la libertad y lograr la transparencia. Si pensamos detenidamente en la larga historia del pensamiento y política neoliberales, se trata de un cambio muy significativo. Porque, desde sus orígenes, el neoliberalismo fue un movimiento que se definió en parte en oposición a la idea misma de lo “social” como un ámbito o lógica de actividad humana diferenciado.

La idea de lo “social” o de la “sociedad” siempre ha sido enigmática. Si ha de tener significado, no se puede reducir a una lógica de incentivos individuales o de mercados; eso sería tornarla “económica” en vez. Pero tampoco puede identificarse simplemente con el Estado, lo que sería convertirla en una categoría política o soberana como la “nación” (como podría quererlo Blue Labour). Los Estados juegan un papel importante en hacer la “sociedad” visible y medible a través de la recopilación y publicación de grandes cantidades de estadísticas. Pero la afirmación de los teóricos sociales y los sociólogos en la tradición de Émile Durkheim es que la “sociedad” tiene algo de realidad, más allá de las estadísticas particulares a través del cual llegamos a conocerla.

Lo social flota como una paradoja, entre un espacio de coerción del Estado regido por el derecho, y un espacio de espontaneidad de mercado regido por los incentivos individuales y el precio. Cuando actuamos socialmente estamos sujetos a la norma y a la vez somos libres. Y fue precisamente este carácter misterioso y contradictorio que llevó a pensadores neoliberales pioneros, como Friedrich Von Hayek, a despreciar dicha idea. El término “social”, planteó, es un “término equívoco por excelencia. Nadie sabe lo que realmente significa”.

En sus debates con los economistas e intelectuales socialistas durante los años 1920, 30 y 40, Hayek y su compatriota, Ludwig von Mises, plantearon que los socialistas, los científicos sociales y los estados eran culpables de inventar la “sociedad” de la nada. El colectivo no podía actuar espontáneamente por sí mismo o dar a conocer sus deseos subjetivos de otra forma que no fuese a través de los mercados, por lo que le estaban imponiendo los valores e ideas de las élites socialistas, con estos valores subjetivos haciéndose pasar por hechos objetivos.

Es importante destacar—tal como lo hace Philip Mirowski en su nuevo libro, Never Let a Serious Crisis Go to Waste [nunca dejes que una grave crisis se desperdicie]—que los neoliberales nunca fueron hostiles al Estado, que lo concebían como una fuente necesaria de coerción, para la prevención de la agitación política. Pero siempre fueron hostiles a la idea de alguna voluntad autónoma-aunque-colectiva del tipo propuesto, por ejemplo, por Jean-Jacques Rousseau como la “Voluntad General”. La “sociedad” para los neoliberales es un disparate metafísico peligroso que los estados utilizan para emprender sus propios programas éticos, más allá de su función neoliberal de crear normas y supervisarlas.

Hayek estaría mortificado de saber que en los últimos años ha habido una explosión de nuevos tipos de contabilidad, gobernanza e intervención política que vienen ataviadas con la retórica de lo “social”. Empresas sociales, medios de comunicación sociales, indicadores sociales, bonos de impacto social, neurociencia social. La lista es interminable. ¿Qué podemos entender de todo esto? Si el neoliberalismo se entiende como un programa dedicado a ridiculizar la idea misma de lo social como una esfera independiente de actividad, ¿estamos presenciando entonces el neoliberalismo en retirada? ¿O debemos descartar todas estas nuevas elaboraciones sociales como artificio retórico? Yo sugeriría que, entre estas dos interpretaciones, existe una tercera opción: que el neoliberalismo está siendo reinventado de maneras que incorporan la lógica social como un medio de resistir a la crítica y retrasar la crisis.

Una de las razones para pensar esto es que el neoliberalismo está siendo amenazado por el hecho de que los individuos son evidentemente incapaces de funcionar como máquinas de cálculo aisladas, teniendo únicamente a la ley y el mercado para guiarlos. Sin contar con otras personas para orientarlas y apoyarlas, para proporcionan normas y ejemplos, empiezan a comportarse de maneras que son auto-destructivas y desestabilizadoras. Esta es la idea central de la economía del comportamiento y la felicidad, que está logrando cada vez mayor influencia en los círculos de responsables políticos en estos momentos.

Lo “social” es traído de vuelta como como una manera de dar apoyo, de manera que las personas puedan seguir viviendo sus estilos de vida auto-suficientes, conscientes de riesgos, y saludables, que el neoliberalismo requiere de ellos. El fenómeno de la “prescripción social”, en el que los médicos recomiendan la participación en actividades de la comunidad local como una forma de mejorar el bienestar, es indicativo de las técnicas políticas emergentes. El neoliberalismo se lanzó como un ataque contra el socialismo, como un proyecto centrado en el Estado; ahora está siendo reinventando sutilmente de maneras que toman en cuenta la naturaleza social del individuo.

Lo que ha cambiado de manera fundamental, desde que Hayek y Mises atacaban el socialismo, es que han surgido nuevas técnicas para la medición y representación de lo “social” que rechazan o dan cabida a una serie de críticas neoliberales. Hayek y Mises planteaban que el mundo social sólo era cognoscible en conjunto (es decir, estadísticamente) desde la perspectiva del científico social o del estado. Esto, decían, significaba que el dinamismo interno y las dispersas preferencias individuales que se producen dentro de la sociedad se ignoran por completo.

Pero los medios de comunicación social y una serie de técnicas para su análisis (como el “análisis de sentimientos” y varios tipos de “analíticas sociales”), hacen que las redes, las relaciones, las comunidades y los patrones sean visibles, a la par que operan con la lógica de la expresión individual. Más aún, estas técnicas pueden operar en tiempo real, revelando fluctuaciones constantes en la actividad social, al igual que los precios revelan fluctuaciones constantes en la actividad económica. En estos aspectos, esta es una forma de social-ismo que supera la crítica del socialismo planteada por el neoliberalismo.

En la actualidad, las herramientas digitales utilizadas para analizar la vida social están en pañales, y mayormente atraen el interés de las empresas de marketing. Pero las nuevas visiones políticas tecno-utópicas, de “ciudades inteligentes” y de seguimiento digital de los comportamientos de salud, parecen decididas a hacer del reconocimiento de patrones y la gestión de relaciones un propósito clave del gobierno. Esto representa la venida de lo que Geoff Mulgan ha denominado el “Estado relacional”, o lo que he descrito anteriormente como “neocomunitarismo”.

Todo esto representa un suplemento a la lógica neoliberal, en lugar de su sustitución. La nueva forma de sociabilidad que está emergiendo puede no representar un amortiguador entre el Estado coercitivo y el individuo económico espontáneo. En vez, puede ser que así sea precisamente cómo los dos están firmemente pegados. A raíz de las revelaciones de la NSA, el temor es que las redes sociales potencialmente ofrecen una proximidad entre el individuo espontáneo y el estado, muy superior a la que ofrecen los mercados.

En vista de esta nueva mutación del neoliberalismo, vale la pena reflexionar sobre una de las defensas que fue hecha por las empresas de telecomunicaciones y las compañías de medios de comunicación social, acusadas ​​de cooperar con la NSA. Esta era que sólo habían compartido metadatos y no los propios datos. Esta defensa nos dice algo acerca de la coyuntura histórica en la que estamos. Desde una perspectiva liberal y neoliberal tradicional, esta es una buena defensa: si el Estado no puede entrometerse en las actividades individuales, las preferencias y las declaraciones individuales, entonces se mantiene la privacidad. No hay problema.

Pero esto equivoca la lógica del aparato técnico de gobierno emergente. Cuando el neoliberalismo integra la lógica de lo social, son precisamente las relaciones entre los actores las que están siendo observadas y medidas, y no los actores mismos. Es en las correlaciones y patrones donde radica el valor en una sociedad “Big Data” del siglo XXI, y no en las propiedades o las preferencias de los individuos, como era el caso en una sociedad estadística y de mercado del siglo XX. Y es en la identificación de relaciones hasta entonces invisibles que los medios digitales en red resultan prometedores para los organismos de seguridad. No hay nada inocente acerca de los meta-datos.

En un esfuerzo por anticiparse a sus oponentes, los movimientos políticos a menudo pueden terminar usurpando sus indumentarias. Podría decirse que el partido Laborista de Gran Bretaña ofreció una mejor versión del thatcherismo de lo que el Partido Conservador jamás pudo. El inagotable fervor del neoliberalismo siempre fue destruir el socialismo, pero en la práctica puede haber terminado con muchos más de los elementos tecnocráticos de socialismo de estado “real” de lo que sus ideólogos jamás hubiesen imaginado (como lo explico aquí). Cuando se tiene en cuenta nuestra situación actual, en la que nuestras vidas sociales y privadas son sometidas a una cuantificación y optimización implacables, la siguiente predicción parece premonitoria: “el conjunto de la sociedad se habrá convertido en una sola oficina y una sola fábrica”. Esta fue, de hecho, expresada como una visión optimista de cómo podía ser una buena sociedad en el futuro. Y el visionario no era otro que Vladimir Lenin.

Ineconomía: un desafío al poder de la profesión económica

Por William Davies

Publicado el 9 de febrero, 2012: http://www.opendemocracy.net/ourkingdom/william-davies/uneconomics-challenge-to-power-of-economics-profession

Cuando los economistas Lucas Papademos y Mario Monti fueron lanzados en paracaídas al cargo de Primer Ministro de Grecia e Italia respectivamente, en noviembre del año pasado, ello anunciaba una nueva era en el poder de la profesión económica. Habiendo tantas preguntas siendo formuladas acerca de los fracasos de la economía y los economistas en la antesala de la crisis financiera, este reproche tecnocrático a la democracia era una prueba más de que esta crisis está afianzando al poder de la élite existente, en lugar de debilitarlo. Tampoco es que uno fuese a oír nada de esto siendo discutido en un aula de economía. 

En el mismo mes, estudiantes de economía de Harvard abandonaron en protesta la clase del economista conservador Greg Mankiw, acompañados de una carta abierta explicando el por qué. Según la carta:

Los graduados de Harvard desempeñan roles importantes en las instituciones financieras y dando forma a las políticas públicas en todo el mundo. Si Harvard fracasa en equipar a sus estudiantes con una comprensión amplia y crítica de la economía, es probable que las acciones de éstos perjudiquen el sistema financiero mundial. Los últimos cinco años de conmoción económica han sido prueba suficiente de ello.

Por su parte, el documental Inside Job contenía informes alarmantes sobre profesores de economía de alto nivel a los que se les había pagado grandes sumas de consultoría para informar que economías como las de Islandia eran fundamentalmente sólidas. Desde la década de 1990, una serie de altos economistas estadounidenses repetidamente “descubrían” que los derivados financieros estaban reduciendo los riesgos dentro del sistema financiero.

Ahora sabemos que la crisis financiera ha producido una depresión en muchas economías occidentales, que destruirán vidas y muchas instituciones públicas apreciadas. De acuerdo con las cifras del gobierno del Reino Unido, los niveles de vida en 2015 serán inferiores a los de 2002. Uno de los ingredientes de esta crisis fue que el sistema financiero (incluyendo sus reguladores) fue una mina repleta de canarios, casi ninguno de los cuales tenía inclinación o capacidad alguna para cantar. Los que sí lo hicieron, como Nassim Taleb, o Nouriel Roubini, han adquirido desde entonces la condición de gurús por esta única razón.

Y, sin embargo, cinco años después de los orígenes de la crisis, el poder (si no la autoridad) de la economía en la vida pública es, si cabe, mayor de lo que era antes. Las agencias de calificación crediticia hacen que los gobiernos se estremezcan con sus modelos de riesgo. El programa de austeridad del gobierno del Reino Unido fue respaldado por las descabelladas afirmaciones de los economistas conservadores (especialmente en el think tank Policy Exchange) que los recortes rápidos en el gasto público se traducirían en crecimiento económico. Cuando estas predicciones resultaron ser falsas, pocos se molestaron siquiera en mostrar su sorpresa.

Tal como ha sostenido recientemente Woolfgang Streeck, siempre ha habido una tensión implícita entre las demandas de los expertos económicos y las de la democracia, pero la crisis ha elevado esto a un nuevo nivel. Estamos acostumbrados a que los políticos electos (como Ruth Kelly y Vince Cable en el Reino Unido) sean economistas formados o a que asesores económicos den forma a regímenes no democráticos (como Milton Friedman en Chile en la década de 1970 o Jeffrey Sachs en Rusia en la década de 1990). Pero, hasta el año 2011, nunca habíamos presenciado el fenómeno de un economista como Primer Ministro no-electo.

Es hora de reconocer una verdad incómoda sobre el estatus público de la economía como disciplina experta: ha llegado a ser mucho más poderosa como herramienta de retórica política, de evasión de culpas y de estrategia de élite que para la representación empírica de la vida económica. Esto es perjudicial para la política, ya que permite que los juicios de valor y las agendas políticas sean incesantemente presentados en términos “fácticos”. Pero es igualmente perjudicial para la economía, que está perdiendo la autoridad para describir la realidad de la manera creíble, desinteresada, propia de la Ilustración. Read the rest of this entry »

La calma entre las tormentas

Por  Will Davies

Texto original publicado el 28 de marzo de 2012 en: http://potlatch.typepad.com/weblog/2012/03/calm-between-the-storms.html

Recomiendo sinceramente este artículo en el FT de hoy, aunque en esta ocasión no porque involucre a un sociólogo haciendo leña de la economía neo-clásica. Curiosamente, justo ayer estaba pensando en algo muy parecido: ¿qué pasó con el inminente colapso del euro, el inevitable impago griego y la fatal testarudez de las clases políticas europeas? ¿La historia está en “pause”? ¿O es que los investigadores del informativo Newsnight [de la BBC] simplemente dejaron de prestar atención? Los tertulianos del mundo financiero que explicaron hacia donde se dirigía inevitablemente todo—revelando un extraño materialismo histórico cripto-marxista—han desaparecido súbitamente de nuestras pantallas. Al menos de momento. No hay duda de que volverán.

Y esta es la extraña condición del presente. Hay un debate marxista en curso sobre el estado de salud existencial del neoliberalismo, al que David Harvey responde que “depende de lo que entendamos por neoliberalismo” y Neil Smith que “el neoliberalismo está muerto, pero es dominante”. Previamente he publicado un post aquí indicando que el neoliberalismo ya está muerto, si se juzga según sus ambiciones políticas puntuales. Pero esto es demasiado simplista. La condición del presente, que podría durar muchos años, es de normalidad intercalada por la emergencia. La normalidad persiste a pesar de la emergencia, como una suerte de testaruda determinación a no ser descarrilada por los acontecimientos. Bajo estas circunstancias, el neoliberalismo se convierte en una forma beligerante de negación, la impostura de que las mismas políticas, los mismos reguladores y las mismas ideas pueden continuar como si todo estuviese bien. Una emergencia interrumpe brevemente la calma, antes de desvanecerse una vez más.

A la par, es inevitable sentirse impresionado por la capacidad de gestión de emergencias de los políticos europeos, quienes parecen haber puesto en “pause” al desastre, una vez más. Tal vez tanta retórica apocalíptica con respecto al euro jugó a su favor, al aumentar su margen de maniobra política y subir las apuestas. Estando la tarea de Merkel representada como prácticamente imposible, el capital político a su disposición creció rápidamente sobre la base de que simplemente tenía que hacerlo.

Una manera de interpretar esta condición es la melancolía, en el sentido freudiano. La persona melancólica, para Freud, sufre de una “ambivalencia constitucional” en relación con el pasado, enfurecida porque se ha ido, y por ello aferrándose obstinadamente al recuerdo a fin de evitar hacer frente a la pérdida. Se convierte en una forma de narcisismo destructivo que liga al individuo al pasado, como una alternativa al duelo. Paul Gilroy ha aplicado esta teoría a la relación de Gran Bretaña con el imperio. Me he preguntado si uno podría adaptarla a la especulación financiera y sus consecuencias.

O está también la teoría de la excepción, en el sentido dado por Carl Schmitt y Giorgio Agamben, según la cual la dependencia de las normas en la decisión ejecutiva se vuelve normal, y la constitución legal o la república se convierten en objeto de medidas políticas de emergencia para su propio beneficio. La excepción es también una forma de ambivalencia, en el sentido de que la preservación del status quo se vuelve tan importante como para exigir medidas extraordinarias y sin precedentes.

Tengo un ensayo, que espero poder “postear” en las próximas semanas, analizando la actual situación económica de Europa como un estado de excepción neoliberal. Bajo tales circunstancias, los actores políticos no están ni dentro ni fuera de las reglas económicas de gobierno estándar, sino que están rescatándolas por cualquier medio necesario. La persistencia de “lo de siempre” es factible pero sólo a condición de que se puedan introducir periódicamente medidas completamente inusuales. Por lo tanto, el neoliberalismo está “vivo” en la medida en que varias élites aún están dispuestas a vivificarlo, pero está “muerto” en la medida en que se mantienen constantemente en guardia con el fin de tomar medidas para salvarlo.

Cinco años después de los albores de la crisis financiera, nuestra situación es simultáneamente crítica y estable. Es estable, pero sólo en la medida en que varias élites están ocasionalmente dispuestas a tomar medidas críticas. Una vez que las medidas han sido tomadas, volvemos a una forma de apego melancólico a un mundo que, en algún momento u otro, tendremos que aceptar que ha desaparecido. Pero mientras tanto, me maravillo por la capacidad de las cosas se calmen y vuelvan a la normalidad, tanto como por su capacidad para calentarse y crear emergencias.