Entrevista publicada originalmente el 5 de marzo de 2015 en: http://brooklynrail.org/2015/03/criticspage/karen-archey

¿A qué herramientas, nuevas o viejas, estás unida en tu práctica artística?

Ya que soy una escritora, ante todo una crítica de arte, voy a tratar la palabra “herramienta” de una manera que no está relacionada con la práctica artística. Literalmente, la única herramienta a la que estoy atada es a mi computadora portátil cargada con una copia pirata y en mal funcionamiento de Microsoft Word. El que un(a) escritor(a) sólo necesite una herramienta—una computadora portátil o máquina de escribir, lápiz o bolígrafo, lo que sea—es una de las razones por las que sin darme cuenta me convertí en escritora. Me gradué de la universidad y me mudé a Nueva York en 2008 y no tenía nada más que una computadora portátil y una educación muy costosa en una escuela de arte privada. La economía había descendido a su punto más bajo y yo ni siquiera estaba calificada para obtener un empleo de vendedora. No tenía conexiones profesionales ni experiencia. Esa computadora portátil que compré en la universidad me duró siete años. (Quiso la fortuna que comprase esa portátil con el pago del seguro por el robo que sufrió mi apartamento en Chicago mientras visitaba la Bienal de Venecia por primera vez en 2007—el mismo año que realmente comencé a endeudarme). Podía escribir y, muy lentamente, comencé a hacer dinero, pero me tomó años lograr algo que se asemejase a ganarse vida.

Escribir estando empobrecida cambió indeleblemente mi visión del mundo—me enseñó que incluso si tus activos suman menos que cero, aún puedes producir algo que puede tener un efecto en el mundo. Convertirse en un adulto durante la así llamada Gran Recesión me enseñó la resiliencia. Pero también me mostró cuán profundamente desigual es el mundo y lo difícil que es superar tantos problemas intersectoriales a la vez.

¿Qué herramientas has rechazado?

Pienso mucho en el afecto y el comportamiento profesional como herramientas metafóricas—herramientas viejas, polvorientas, oscuramente seductoras—aquellas de las que he tratado de prescindir. No puedo contar las veces que he sido caracterizada como demasiado seria, severa o no lo suficientemente amable. No a la manera de un genio-autista, sino de una manera no-femenina. De una forma que precisamente no adula a todo un aparato social de encanto femenino y otra basura asociada con la feminidad con la que se supone debo de lidiar, además de ser una crítica de arte.

Ayer, en una conversación privada con una amiga, tuvimos un momento de “verdades” acerca de mis capacidades para hablar en público. Ella dijo: “eres una buena oradora pública. Pero la última vez que te vi hablar, parecías realmente molesta”. Como si esto fuese algo malo, vergonzoso. Lo siguiente que recuerdo es que me pasé 15 minutos de esa conversación tratando de repasar y explicar por qué pude haber parecido molesta pero que en realidad soy una persona feliz y bien adaptada muchísimasgracias, hasta que mentalmente colapsé bajo mis acrobacias emocionales. Te digo un secreto: estoy molesta. Tú también deberías estar molesta/o. Todas/os deberíamos estar molestas/os. ¿Has mirado fuera o visto el estado de tu cuenta bancaria últimamente? Momentáneamente había olvidado que ser emocional y ser una intelectual pública al mismo tiempo está estrictamente prohibido en este juego. Y por un momento me sentí realmente culpable por romper las reglas.

Pero, ¿acaso nuestra industria no se trata de romper las reglas y de averiguar cuándo y cómo deben ser rotas y reimaginadas? ¿Cómo podemos saber cuándo es que las reglas no aplican? ¿Acaso cuando ya no funcionan? ¿Cuando no se sienten bien? Estoy molesta y a veces no puedo mantener la distancia emocional profesional. ¿Y quién no estaría molesta si gastase $ 140.000 en una educación universitaria, se graduase durante una crisis financiera y se diese cuenta de que su profesión equivale a inflar restos de capital y sonreír mientras se lleva ropa fúnebre asimétrica en lugar de contribuir a una historia intelectual? Cuando veo a mis colegas pasar el rato alegremente con gente del así llamado 1% cuyas enormes cantidades de riqueza drenan recursos de los demás—y en cierta medida son la razón por la que soy tan pobre—pienso: increíble. El autoengaño es una herramienta poderosa. El autoengaño es una herramienta enterrada profundamente dentro de nosotros que florece durante la adultez. Y también es algo que parece ser una fuerza motora en esta industria. Pregunto a tantos amigos por qué hicieron del arte una profesión y casi siempre responden que es porque se sienten fundamentalmente diferentes. Esperaban que el arte les proporcionase un espacio para aquella diferencia. Entonces, ¿por qué recompensamos el comportamiento innoble como conspicuas apropiaciones de dinero de burbuja, despliegues burdos de poder y la rampante misoginia institucional?

Necesitamos un nuevo conjunto de herramientas, de inmediato.

¿Qué le han hecho las herramientas a tu arte?

No lo sé. ¿Soy demasiado? ¿Estoy amargada? ¿Estoy loca?