Una moraleja griega: ¿por qué necesitamos un marco de reestructuración global de la deuda?

Por Joseph E Stiglitz

Aparecido originalmente el 4 de febrero de 2015 en:

http://www.theguardian.com/business/2015/feb/04/a-greek-morality-tale-global-debt-restructuring-framework

Cuando la crisis del euro comenzó hace media década, los economistas keynesianos predijeron que la austeridad siendo impuesta a Grecia y los demás países en crisis sería un fracaso. Ahogaría el crecimiento y aumentaría el desempleo—e incluso no lograría reducir la relación deuda-PIB. Otros—en la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y algunas universidades—hablaron de contracciones expansivas. Pero incluso el Fondo Monetario Internacional sostuvo que las contracciones, tales como recortes en el gasto público, eran sólo eso—contractivas.

Difícilmente necesitábamos otra prueba. La austeridad había fallado repetidamente, desde su uso temprano por el presidente estadounidense Herbert Hoover, que convirtió el crash bursátil en la Gran Depresión, hasta los “programas” del FMI impuestos en el Asia oriental y América Latina en las últimas décadas. Y sin embargo, cuando Grecia se metió en problemas, se intentó de nuevo.

Grecia logró en gran medida seguir el dictado establecido por la “troika” (la Comisión Europea, el BCE y el FMI): convirtió un déficit presupuestario primario en un superávit primario. Pero la contracción del gasto público ha sido predeciblemente devastadora: 25% de desempleo, una caída del 22% en el PIB desde 2009, y un aumento del 35% en la relación deuda-PIB. Y ahora, con la abrumadora victoria electoral del partido anti-austeridad Syriza, los votantes griegos han declarado que ya tuvieron suficiente.

Entonces, ¿qué se debe hacer? En primer lugar, seamos claros: Grecia podría ser culpada por sus problemas si fuera el único país donde la medicina de la troika fracasó estrepitosamente. Pero España tenía un superávit y un bajo ratio de deuda antes de la crisis, y también está en depresión. Lo que se necesita no es una reforma estructural en Grecia y España, tanto como una reforma estructural de diseño de la zona euro y un replanteamiento fundamental de los marcos de políticas que han dado lugar al desempeño espectacularmente malo de la unión monetaria.

Grecia también nos ha recordado, una vez más, cuán desesperadamente necesita el mundo un marco de reestructuración de deuda. La deuda excesiva causó no sólo la crisis de 2008, pero también la crisis de Asia oriental en la década de 1990 y la crisis de América Latina en la década de 1980. Continua causando sufrimientos indecibles en los EE.UU., donde millones de propietarios han perdido sus hogares, y ahora está amenazando a millones más en Polonia y otros lugares donde tomaron préstamos en francos suizos.

Dada la cantidad de angustia provocada por la deuda excesiva, uno podría preguntarse por qué personas y países se han puesto repetidamente en esta situación. Después de todo, tales deudas son contratos—es decir, acuerdos voluntarios—por lo que los acreedores son tan responsables de estos como los deudores. De hecho, podría decirse que los acreedores son más responsables: por lo general, se trata de instituciones financieras sofisticadas, mientras que los prestatarios con frecuencia están mucho menos sintonizados con las vicisitudes del mercado y los riesgos asociados a los diferentes acuerdos contractuales. De hecho, sabemos que los bancos estadounidenses en realidad se aprovechaban de sus prestatarios, sacando ventaja de su falta de sofisticación financiera.

Todo país (avanzado) se ha dado cuenta de que hacer que el capitalismo funcione requiere brindar a las personas un nuevo comienzo. Las cárceles de deudores del siglo XIX fueron un fracaso—inhumanas y no precisamente ayudaban a garantizar el pago—l . Lo que sí ayudó fue ofrecer mejores incentivos para el buen crédito, haciendo de los acreedores más responsables de las consecuencias de sus decisiones.

A nivel internacional, todavía no hemos creado un proceso ordenado para dar a los países un nuevo comienzo. Desde incluso antes de la crisis de 2008, las Naciones Unidas, con el apoyo de casi todos los países en desarrollo y emergentes, ha estado tratando de crear un marco de este tipo. Pero EE.UU. se opone rotundamente; tal vez quiere restituir las cárceles de deudores para los funcionarios de los países endeudados (si así es, puede haber espacio en la Bahía de Guantánamo).

La idea de traer de vuelta las cárceles de deudores puede parecer descabellada, pero resuena con el discurso actual de riesgo moral y rendición de cuentas. Existe el temor de que si se permite a Grecia reestructurar su deuda, simplemente volverá a entrar en problemas, como lo harán otros.

Esto es un disparate. ¿Alguien en su sano juicio cree que algún país estaría dispuesto a pasar a través de lo que Grecia ha tenido que pasar sólo para librarse de sus acreedores? Si acaso existe un riesgo moral, es por parte de los prestamistas—sobre todo en el sector privado—que han sido rescatados en repetidas ocasiones. Si Europa ha permitido que estas deudas pasen del sector privado al sector público—un patrón bien establecido en el último medio siglo—es Europa, no Grecia, la que debe soportar las consecuencias. De hecho, el trance actual de Grecia, incluyendo la enorme escalada en el ratio de deuda, es en gran parte culpa de los programas equivocados de la troika impuestos sobre ella.

Así que no es la reestructuración de la deuda, sino su ausencia, la que es “inmoral”. No hay nada particularmente especial acerca de los dilemas que Grecia enfrenta hoy en día; muchos países han estado en la misma posición. Lo que hace que los problemas de Grecia sean más difíciles de abordar es la estructura de la zona euro: unión monetaria implica que los Estados miembros no pueden devaluar para salir de problemas, sin embargo, el mínimo de solidaridad europea que debe acompañar a esta pérdida de flexibilidad política simplemente no está allí.

Hace setenta años, al final de la Segunda Guerra Mundial, los aliados reconocieron que debía dársele a Alemania un nuevo comienzo. Entendieron que el ascenso de Hitler tuvo mucho que ver con el desempleo (no la inflación) que resultó de imponer más deuda en Alemania a finales de la primera guerra mundial. Los aliados no tomaron en cuenta la estupidez con la que las deudas se habían acumulado, ni hablaron de los costos que Alemania había impuesto a los demás. En cambio, no sólo perdonaron las deudas; de hecho proporcionaron ayuda, y las tropas aliadas estacionadas en Alemania proveyeron un estímulo fiscal adicional.

Cuando las empresas van a la quiebra, un canje de deuda por acciones es una solución justa y eficiente. El enfoque análogo para Grecia es convertir sus bonos actuales en bonos vinculados con el PIB. Si Grecia lo hace bien, sus acreedores recibirán más de su dinero; si no lo hace, recibirán menos. Ambas partes tendrían un incentivo poderoso para aplicar políticas a favor del crecimiento.

Rara vez las elecciones democráticas dan un mensaje tan claro como el de Grecia. Si Europa dice no a la demanda de los votantes griegos para un cambio de rumbo, está diciendo que la democracia no es de importancia, al menos cuando se trata de la economía. ¿Por qué no simplemente clausurar la democracia, como efectivamente lo hizo Terranova cuando entró en suspensión de pagos antes de la segunda guerra mundial?

Uno espera que aquellos que entienden la economía de la deuda y la austeridad, y que creen en la democracia y los valores humanos, prevalecerán. Ya sea que lo hagan está aún por verse.