El neoliberalismo ha sacado lo peor de nosotros

Paul Verhaeghe

Publicado originalmente en: http://www.theguardian.com/commentisfree/2014/sep/29/neoliberalism-economic-system-ethics-personality-psychopathicsthic?/

Tendemos a percibir nuestra identidad como estable y en gran medida independiente de las fuerzas externas. Pero a lo largo de décadas de investigación y de práctica terapéutica, me he convencido de que el cambio económico está afectando profundamente no sólo nuestros valores, sino también nuestras personalidades. Treinta años de neoliberalismo, fuerzas del libre mercado y privatización han pasado factura, al volverse normativa la incesante presión para alcanzar el éxito. Si estás leyendo esto con escepticismo, te planteo esta simple afirmación: el neoliberalismo meritocrático favorece ciertos rasgos de personalidad y penaliza otros.

Hay ciertas características ideales necesarias para hacer carrera en la actualidad. La primera es la elocuencia, con el objetivo de ganarse a tantas personas como sea posible. El contacto puede ser superficial pero dado que esto se aplica a la mayoría de las interacciones humanas hoy en día, esto no será realmente notado.

Es importante que puedas promocionar tus propias capacidades tanto como te sea posible—conoces a mucha gente, tienes mucha experiencia acumulada y recientemente has completado un proyecto de gran envergadura—. Luego la gente se enterará de que era mayormente palabrería hueca, pero el hecho de que fuesen engañadas inicialmente responde a otro rasgo de la personalidad: puedes mentir de forma convincente y sentir poca culpa. Es por eso que nunca asumes la responsabilidad de tu propio comportamiento.

Además de todo esto, eres flexible e impulsivo, siempre en la búsqueda de nuevos estímulos y desafíos. En la práctica, esto conduce a comportamientos de riesgo pero no importa, no vas a ser tú quien tenga que pagar los platos rotos. ¿La fuente de inspiración de esta lista? La lista de verificación de la psicopatía de Robert Hare, el más conocido especialista en el campo de la psicopatía en la actualidad.

Esta descripción es, por supuesto, una caricatura llevada al extremo. Sin embargo, la crisis financiera ilustró en un nivel macrosocial (por ejemplo, en los conflictos entre los países de la eurozona) lo que una meritocracia neoliberal hace a la gente. La solidaridad se convierte en un lujo y deja paso a alianzas temporales, la principal preocupación siempre es extraer más beneficios de la situación que tu competencia. Los vínculos sociales con los colegas se debilitan, al igual que el compromiso emocional con la empresa u organización.

El bullying solía estar confinado a las escuelas; ahora es una característica común de los centros de trabajo. Este es un síntoma típico de los impotentes desahogando su frustración sobre los débiles—en psicología se conoce como agresión desplazada—. Hay una sensación soterrada de miedo, que va desde la ansiedad por el desempeño hasta un miedo social más amplio del otro amenazante.

Las evaluaciones constantes en el trabajo causan una disminución de la autonomía y una creciente dependencia de las normas externas, a menudo cambiantes. Esto se traduce en lo que el sociólogo Richard Sennett ha descrito acertadamente como la “infantilización de los trabajadores”. Los adultos muestran arrebatos infantiles de mal humor y son celosos sobre trivialidades (“Ella tiene una nueva silla de oficina y yo no”), dicen mentiras piadosas, recurren a engaños, se deleitan en la ruina de los demás y albergan sentimientos mezquinos de venganza. Esta es la consecuencia de un sistema que impide a las personas pensar de manera independiente y que no logra tratar a los empleados como adultos.

Más importante, sin embargo, es el grave daño la autoestima de la gente. El respeto a uno mismo depende en gran medida del reconocimiento que recibimos del otro, como pensadores desde Hegel a Lacan han demostrado. Sennett llega a una conclusión similar cuando ve que la pregunta principal para los empleados en estos días es “¿Quién me necesita?” Para un grupo cada vez mayor de personas la respuesta es: nadie.

Nuestra sociedad proclama constantemente que cualquier persona puede tener éxito si tan solo se esfuerza lo suficiente, a la vez que refuerza el privilegio y pone una presión creciente sobre sus ciudadanos desbordados y exhaustos. Un número cada vez mayor de personas fracasa, sintiéndose humillada, culpable y avergonzada. Siempre se nos dice que somos más libres que nunca de elegir el curso de nuestras vidas, pero la libertad de elegir fuera de la narrativa del éxito es limitada. Más aún, aquellos que fracasan son considerados como perdedores o parásitos, que se aprovechan de nuestro sistema de seguridad social.

Una meritocracia neoliberal nos quiere hacer creer que el éxito depende del esfuerzo y el talento individual, es decir, la responsabilidad recae enteramente en el individuo y las autoridades deben dar a la gente la mayor libertad posible para alcanzar este objetivo. Para aquellos que creen en el cuento de hadas de la elección sin restricciones, el autogobierno y la autogestión son los mensajes políticos preeminentes, especialmente si parecen prometer la libertad. Junto con la idea del individuo perfectible, la libertad que percibimos tener en occidente es la mayor mentira de nuestra era.

El sociólogo Zygmunt Bauman resumió perfectamente la paradoja de nuestra era así: “Nunca hemos sido tan libres. Nunca nos hemos sentido tan impotentes”. De hecho somos más libres que antes, en el sentido de que podemos criticar la religión, aprovechar la nueva actitud laissez-faire con respecto al sexo y apoyar cualquier movimiento político que queramos. Podemos hacer todas estas cosas porque ya no tienen ningún significado—la libertad de este tipo está impulsada por la indiferencia—. Sin embargo, por otro lado, nuestra vida cotidiana se ha convertido en una batalla constante contra una burocracia que dejaría a Kafka temblando. Existen regulaciones acerca de todo, desde el contenido de sal del pan hasta la avicultura urbana.

Nuestra supuesta libertad está ligada a una condición básica: debemos tener éxito—es decir, “lograr” algo de nosotros mismos—. No tienes que ir muy lejos para ver ejemplos. Un individuo altamente calificado que antepone la paternidad a su carrera será objeto de críticas. Una persona con un buen trabajo que rechaza un ascenso para invertir más tiempo en otras cosas es vista como loca—a no ser que esas otras cosas aseguren el éxito. A una joven mujer que quiere ser maestra de escuela primaria sus padres le dicen que debería empezar obteniendo una maestría en economía—maestra de escuela primaria, ¿en qué está pensando?—.

Hay lamentos constantes acerca de la llamada pérdida de normas y valores en nuestra cultura. Sin embargo, nuestras normas y valores constituyen una parte integral y esencial de nuestra identidad. Así que no se pueden perder, sólo cambiar. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido: una economía cambiada refleja una ética cambiada y da lugar a una identidad cambiada. El sistema económico actual está sacando lo peor de nosotros.