Recuperar el futuro: La reinvención del “derecho social”

Por William Davies

Publicado originalmente en: http://www.ippr.org/juncture/171/11741/recovering-the-future-the-reinvention-of-social-law

En los años posteriores a la crisis financiera de 2007 – 2009, el centro-izquierda británico ha redescubierto su interés por el carácter del capitalismo, como un conjunto interrelacionado de instituciones sociales, económicas y políticas.[1] Esto plantea una serie de preguntas difíciles. ¿Cómo influye un movimiento político en las instituciones, más allá de los límites del Estado o de la política tal como se entiende habitualmente? ¿Cuáles serán los agentes, individuales o de organización, que tratarán de llevar a cabo dicha influencia o transformación? ¿Y qué cosa es una “institución” de todos modos?

El Partido Laborista se enorgullece de sus grandes innovaciones institucionales del pasado, con el Servicio Nacional de Salud (NHS) encabezando la lista. Sin embargo, ahora se tiene la sensación de que las restricciones fiscales y los problemas de legitimidad del Estado hacen que tales actos audaces de invención gubernamental sean más difíciles de aceptar. En su lugar, hay una esperanza difusa—compartida por muchos en la derecha—de que alguien más, ya sea en el empresariado o la sociedad civil, tenga la suficiente energía y capital para inventar nuevas instituciones o influir en el carácter del capitalismo desde dentro.

Tenemos que tomar esta esperanza en serio. Sin embargo, también tenemos que pensar cuidadosamente acerca de los obstáculos que se interponen en el camino de la renovación y la invención. Este ensayo aborda dichos obstáculos de dos formas. En primer lugar, considera el problema conocido como “financiarización”, el cual representa una carga constante sobre los esfuerzos de renovación social y económica. La segunda perspectiva es histórica: la innovación institucional (por ejemplo, en los negocios y las formas de propiedad) reiteradamente se topa con el problema de que nuestra economía ha sido formateada de ciertas maneras, para privilegiar ciertas ortodoxias acerca de cómo deben estructurarse las instituciones. Esto nos ata al pasado, sofocando las perspectivas de renovación. La idea con la que concluyo es que los abogados emprendedores imaginativos pueden ser un ingrediente fundamental en la superación de esto, pero demasiado a menudo han sido pasados por alto como fuentes de innovación potencial.

¿Financiarización o política?

En palabras de Hannah Arendt, toda política se lleva a cabo “entre el pasado y el futuro”. Las decisiones, las protestas, los juicios, los anuncios de políticas, los movimientos sociales y los discursos se producen contra un trasfondo de memoria compartida e instituciones históricas. Pero la política sólo puede ofrecer esperanza si se ve capaz de inventar un futuro nuevo. El presente político es un momento de indeterminación emocionante, a veces aterradora, a excepción de cuando se cierra o se determina intencionalmente de alguna forma.

El capitalismo se constituye de manera más explícita por las relaciones entre pasado, presente y futuro. Su lógica expansiva, que da lugar a niveles inigualables de crecimiento, sólo es posible porque ciertos agentes son capaces, por así decirlo, de traer el futuro al presente. Un emprendedor insiste en que su empresa va a generar beneficios en el futuro y obtiene inversión sobre esta base. Los financieros y las aseguradoras se especializan en representar el futuro matemáticamente, es decir, convertirlo en riesgos que pueden ser cubiertos, titulizados y vendidos. Muchas de las instituciones fundamentales en una economía capitalista son las que determinan cómo ha de representarse el futuro, cómo han de distribuirse sus beneficios, y lo que sucede cuando los planes salen mal. Al igual que los consumidores esperando ansiosamente la próxima versión del iPhone, el resto de nosotros descubrimos lo que se ha decidido previamente acerca del futuro cuando finalmente llegamos allí nosotros mismos.

Por lo tanto, siempre hay una cierta tensión entre el ritmo histórico de la política, en el sentido inventivo de Arendt, y el de la actividad capitalista. Si la esperanza política consiste en el sentido de que el futuro, estando todavía sin hacer, es susceptible a los diseños y planes colectivos, entonces, las instituciones capitalistas reservan tales derechos para grupos selectos que ven el futuro a través de la lógica de la inversión. Wolfgang Streeck ha sugerido recientemente que, en la estela de la crisis financiera global, una tensión endémica entre la lógica del mercado y la lógica democrática se está resolviendo a favor de la primera.[2] Del mismo modo, hay razones para temer que las limitaciones que la temporalidad capitalista impone a posibilidad política están siendo reforzadas a un nivel asfixiante. La razón de esto se deriva de las tendencias conocidas como “financiarización” que han afligido a occidente, al mundo angloparlante en particular, desde la década de 1980.[3]

Lo que distingue a la financiarización es la extensión de la lógica del riesgo y la inversión, que es fundamental en el capitalismo productivo, a los activos no-productivos (como las casas) y a formas de actividad (como la educación). De esta manera el futuro, en todas sus posibilidades, se convierte en un recurso para ser calculado, valuado y explotado. Conceptos e instrumentos inicialmente ideados en la Universidad de Chicago, como el “capital humano”, son cruciales en esta extensión de la lógica de la inversión más allá de los ámbitos del trabajo y la producción y su introducción en las grietas de la vida cotidiana. El anverso de esta estimación es que se espera que los individuos asuman la deuda, garantizada contra un futuro modelado matemáticamente.

Aunque el término “financiarización” es poco conocido en el debate político corriente, su presencia se puede discernir en una serie de tendencias políticas recientes. Una de ellas es el aumento de los conflictos económicos intergeneracionales, en el cual la generación de baby-boomers es acusada ​​de “cortar el puente” de la prosperidad. Esta puede ser una representación torpe de cómo existe empíricamente la desigualdad, pero es un síntoma de cómo la financiarización corroe nuestra experiencia compartida del tiempo y, en el proceso, nuestro mundo político compartido. Debido al particular poder del apalancamiento en el mercado de la vivienda, la gente ahora se siente dividida a fuerza de la suerte existencial, en cuanto a cuando nacieron y cuando llegaron a la escalera de la vivienda.

La financiarización también está implicada en el sentido de estancamiento ideológico que nos aflige hoy en día. La cuestión de cómo y por qué el neoliberalismo sobrevivió a la crisis bancaria casi ha generado su propio sub-género de escritura político-económica.[4] Para muchos, resulta extraordinario que nuestra capacidad de renovación política, económica e intelectual sea tan débil. Esto sólo puede explicarse teniendo en cuenta la lógica de la deuda que une el pasado, el presente y el futuro en un fardo apretado. Toda deuda es una forma de promesa. Una sociedad que acumula promesas, como lo ha hecho Gran Bretaña y en tan poco tiempo, dificulta en gran medida su capacidad para dar nueva forma a su futuro, al encontrarse a sí misma atada a sus obligaciones pasadas. Cuando se vuelven demasiado poderosas, las finanzas no sólo atentan contra la democracia, sino también contra el progreso.

Hay una institución dentro de las sociedades capitalistas que está diseñada precisamente para rescatar al progreso del peso de las obligaciones pasadas: la quiebra. Los libertarios de tala-y-quema y los hayekianos afirman que sólo si esta institución es utilizada al máximo, es decir, si las inversiones ineficientes y mal-valuadas pueden ser identificadas y abandonadas, puede restaurarse el progreso. Es despiadado, pero contiene las semillas de la esperanza. Por el contrario, la financiarización implica cumplir las promesas monetarias existentes a toda costa—y luego añadir más. Las tasas de interés son reducidas a cero (o menos), previniendo quiebras. Los rescates mantienen instituciones con vida. El efecto de todo esto es lo que Andy Haldane del Banco de Inglaterra ha caracterizado como una “resaca de la deuda”: la economía brega, apenas soportando las secuelas de la noche anterior.[5] Esquemas tales como “Ayuda a comprar” del canciller George Osborne aparentemente prescriben “tomarse una copa para que pase la resaca”. En lo que respecta a las condiciones de vida tradicional de la clase media (propiedad de la vivienda y educación superior), el Estado ofrece avalar aún más deuda.

La lógica económica de esto puede ser difícil de entender. La sociedad de hoy—de Estados Unidos a China, de Grecia a Alemania, de las residencias de estudiantes a las arcas del gobierno—está desbordada de deuda que nunca va a ser liquidada por completo. Tal vez la consecuencia política, por lo tanto, sea lo que más importa. La apertura y la indeterminación del futuro se estrechan por su conexión con el pasado, asegurado a través de los lazos de papel. Hacer frente a la deuda histórica se convierte en una preocupación económica en sí misma, generando lo que los economistas llaman una “depresión de balance”, en el que las ganancias se utilizan para pagar la deuda en lugar de apoyar la inversión futura. Esta noción de un pasado ineludible gravoso es lo que incita a la depresión en el sentido psicoanalítico también.

Ingredientes de la esperanza política

¿Cómo comenzar de nuevo? El impago, la quiebra y los jubileos de deuda son todos ingredientes importantes en la restauración de la esperanza política contra las fuerzas de la financiarización. Facilitan un abandono del pasado. Lo que no pueden es ayudar a la construcción de un futuro alternativo, en forma de nuevos tipos de instituciones. La creación y destrucción de nuevas instituciones dentro de la economía productiva ha sido tradicionalmente la gran baza del capitalismo. Aquellos que han celebrado esta capacidad a menudo se han centrado en los emprendedores individuales como la fuerza motriz de este proceso, aunque esto subestima el papel de los planes de negocio, los contratos legales, la financiación mediante acciones, la financiación crediticia y la responsabilidad limitada, los cuales hacen posible que la visión institucional del emprendedor logre ser una forma de realidad tangible e intangible.

Por lo tanto, una manera de pensar acerca de la renovación institucional es considerar cuales elementos del capitalismo innovador pueden ser tomados y aplicados en el ámbito social, o bien utilizados para transformar el carácter social del capitalismo mismo. Si la financiarización puede ser entendida como la extensión de los elementos constrictivos del capitalismo a la gobernanza de las relaciones sociales, entonces un contra-proyecto entrañaría tomar las cualidades liberadoras y dinámicas del capitalismo y canalizar éstas al ámbito social.

Por extraño que parezca, este enfoque no es muy diferente al adoptado por los primeros pensadores neoliberales de las décadas de 1930 y 1940, que miraban hacia el capitalismo de libre mercado en la búsqueda de mecanismos e instituciones a través de las cuales el liberalismo político podría ser revivido. Según relata la historia del pensamiento neoliberal de Angus Burgin, muchos de los neoliberales europeos de esa época creían que estaban involucrados en una forma de reconstrucción cuasi-socialista, que se parecía muy poco al anarco-capitalismo posteriormente celebrado por la escuela de Chicago.[6]

Este intento de extender el dinamismo y modernización capitalistas más allá de los límites de la economía productiva privada puede ser observado en una serie de nuevas actividades “sociales” de los últimos años: “emprendimiento social”, “innovación social”, “finanzas sociales”, “empresa social” y así sucesivamente. Las propiedades arquitectónicas de internet, que parecen prestarse a la búsqueda de bienes públicos agregados, subyacen a muchas de estas iniciativas “sociales”. Estos proyectos sociales son alimentados por una forma de esperanza, sobre todo cuando sus gastos generales son bajos y están consecuentemente menos agobiados por la lógica de la inversión. Pero la mayor de las veces se trata de una esperanza utilitaria: la aspiración es tomar tecnologías familiares y formas de organización y aplicarlas en la búsqueda de algún bien social más amplio.

Lo que se explora menos comúnmente es la capacidad política del emprendimiento para reinventar y transformar las instituciones centrales de la propiedad, la gobernanza, el dinero y las finanzas. El emprendimiento históricamente ha sido celebrado por los conservadores por su individualismo y romanticismo capitalista. Joseph Schumpeter, el más grande teórico del emprendimiento, expresó su admiración por los emprendedores con una retórica militarista.[7] Pero si la pregunta es cómo restaurar un sentido de posibilidad política en y alrededor de las instituciones económicas, la izquierda no puede prescindir de la noción de emprendimiento, aunque despojada de parte de su heroísmo individualista. Se necesita algún modelo de innovación político-económica si el discurso sobre un capitalismo diferente no ha de seguir siendo meramente académico.

El problema con el neoliberalismo es que su sentido de la innovación es demasiado restringido. La novedad se limita a nuevos productos y servicios, y casi nunca es extendida a nuevas normas o prácticas socioeconómicas. De ahí que el menú de McDonald’s se ha ampliado de seis a 49 ítems en el lapso de una generación, pero, por ejemplo, el número de formas corporativas apenas ha cambiado desde la era victoriana.[8] Aquellos que intentan innovar con respecto a un nuevo tipo de negocio o un nuevo tipo de propiedad a menudo son derrotados. Cuando una idea es realmente transformadora no sólo de un servicio o producto en particular, sino del sistema dominante en el que circulan servicios y productos, los emprendedores sociales chocan con frustraciones vitalmente desgastantes, como la incapacidad de los reguladores, auditores, bancos y contables para clasificar estas nuevas formas. Vivimos en una sociedad que pretende celebrar la novedad pero también insistimos en que la novedad sea lo suficientemente familiar como para ajustarse a nuestras categorías pre-existentes y sus supuestos subyacentes.

Acrecentando el “derecho social”

El éxito del capitalismo en lograr nuevas instituciones se atribuye a varios ingredientes, aunque a menudo como una cortina de humo ideológica. Los empresarios y financistas están felices de quedarse con el crédito. Pero hay otro ingrediente que por alguna razón es mayormente pasado por alto: el derecho y los abogados. Después de todo, no son sólo pilas de papeles financieros y chispas de visión empresarial las que permiten que el futuro capitalista sea diseñado y reforzado. También están los contratos, los derechos de propiedad, el derecho al voto y los marcos regulatorios. De hecho, sin leyes ninguno de los productos o servicios ofrecidos por los servicios financieros sería sostenible.

Las instituciones pueden ser entendidas como ilusiones compartidas con efectos reales. Los economistas pueden pretender reconocer las instituciones, pero sólo lo hacen a través de sus efectos y olvidan la ilusión compartida de que las engendra. Los abogados, por su parte, son los artífices de gran parte de lo que mantiene unida a la sociedad en primer lugar. Cuando las personas acuerdan cooperar hacia una meta futura, a menudo dependen de la ley y los abogados para hacerlo. Cuando se tiene en cuenta el papel fundamental que juega la ley en la idea misma de “sociedad”, resulta curioso que los abogados raramente hayan sido considerados como posibles contribuyentes al socialismo exitoso.

No todas las instituciones dependen de la ley para su construcción. No obstante, ocurre que los que tratan de construir instituciones de manera diferente, a través de formas alternativas de dinero, propiedad y gobierno, a menudo descubren que la falta de conocimientos jurídicos y la falta de plantillas legales están entre sus mayores obstáculos. Por lo tanto, la innovación real depende de la heroica y feroz testarudez de ciertos individuos, ya que reciben muy poco apoyo infraestructural o profesional. Si todas las instituciones son engaños colectivos, el derecho es el mejor y más rápido medio para lograr una suspensión colectiva de la incredulidad. Podría decirse que la profesión legal tiene más capacidad para la reinvención social que cualquier otro sector del público. ¿Por qué tanto “emprendimiento social” pero tan poco “derecho social”?

Una vez más, los primeros neoliberales sirven de guía. La escuela ordoliberal, que existió en Friburgo, Alemania, entre las décadas de 1930 y 1950, se centró en la cuestión de cómo diseñar una nueva economía liberal. Ello siempre fue visto como una cuestión jurídico-constitucional, a ser supervisada por abogados en lugar de economistas. Los ordoliberales no estaban mayormente interesados ​​en la cuestión utilitaria de cuánto bienestar produce el mercado; su preocupación eran los derechos y libertades que garantiza como una cuestión de principios.

Su enfoque, por lo tanto, estaba en los marcos y las condiciones establecidas, respaldados por una forma de constitución económica, dentro de la que los competidores económicos se ven obligados a operar. De esta manera, el Estado podría influir en la economía indirectamente al actuar sobre su forma en lugar de sobre sus resultados. Esto coincide con el ánimo político actual de la izquierda británica, que está buscando la manera de lograr justicia en la economía, pero sin depender de las transferencias del Estado. Cuando el líder laborista Ed Miliband habla hoy de “restablecer” el mercado de la energía o cuando Jacob Hacker aboga por “predistribución”, hay ecos de ordoliberalismo.

Los ordoliberales dieron gran importancia a la ley antimonopolio. El nuevo laborismo puede ser acreditado con una innovación legal-económica exitosa, la empresa de interés comunitario, que fue introducida en 2005 como un modelo para las empresas sociales. Pero las innovaciones jurídicas imaginativas van más allá de los límites del Estado. La licencia Creative Commons, cuyo pionero fue el abogado y activista Lawrence Lessig, demuestra cómo las normas sociales y económicas formales pueden ser reescritas sin la ayuda del Estado. En Gran Bretaña, el movimiento cooperativo ha dependido en gran medida de un solo abogado, Cliff Mills, para la redacción de las constituciones y el asesoramiento sobre formas de organización. Mills también es responsable de asesorar a la mayoría de los primeros casos de mutualización de servicios públicos.[9]

Una vez que los precedentes legales están establecidos, pueden servir de modelo a ser adoptado y adaptado. Un abogado que está dispuesto a participar en los problemas de diseño e innovación institucional—como los ordoliberales estaban preparados para participar en los problemas de diseño e innovación en materia de regulación—puede tener un enorme impacto en las organizaciones existentes. Lo que Erik Olin Wright denomina “utopías reales”—es decir, instituciones no-capitalistas que son “viables”, “convenientes” y “alcanzables” en el aquí y ahora—requieren de instrumentos y expertos que puedan ayudar a darles realidad.

Los abogados que buscan actuar por el bien social tienden a operar dentro de una tradición particular del liberalismo de la Ilustración, centrada en los derechos individuales abstractos. Como resultado de ello, en tanto hay un movimiento de “derecho social” en la actualidad, éste existe en el trabajo de asistencia jurídica y defensa de los derechos civiles. La pregunta interesante es cómo sería tal movimiento si apelase a una tradición paralela de liberalismo, lo que Stuart White ha documentado como “liberalismo revolucionario”.[10] Se trata de una forma de liberalismo, ejemplificado por John Stuart Mill, que aborda las injusticias y los desequilibrios de poder del capitalismo existente y busca corregirlos a través de nuevas formas de propiedad y capital. Esta tradición radical, que converge con el republicanismo cívico y el capitalismo de “stakeholders”, implica una rigurosa crítica de las fuerzas de dominación que operan en las empresas y los mercados. También es inventiva y está esperanzada en imaginar un futuro que sea diferente del presente y del pasado.

Walter Eucken, la figura principal de ordoliberalismo, escribió que “en todo tiempo y lugar la vida económica del hombre consiste en la formación y la realización de los planes económicos”. En común con los neoliberales de la época, su mayor preocupación era evitar que el Estado socialista impusiese sus planes a todos los demás—pero también evitar que las grandes organizaciones privadas fueran a ahogar los planes de las más pequeñas—. Hoy en día, el lenguaje del “plan” parece pasado de moda; en una sociedad financiarizada ya no tenemos “planes”, sino “modelos” y “fuentes de ingresos” en vez. Recuperar la esperanza política en medio de la temporalidad fracturada de la financiarización significa necesariamente habilitar a los individuos, las familias y las comunidades para creer que pueden hacer planes una vez más. La izquierda nunca ha carecido de ideas sobre cómo debería ser el mundo. Lo que carece es de diseñadores y ejecutores de planes que operan más allá del Estado y no obstante mantienen una visión de la sociedad.


[1] Tal como varios observadores han señalado, esto reaviva cuestiones de gobernanza, propiedad y participación accionarial que el Nuevo Laborismo asumió y luego rápidamente dejó de lado a mediados de la década de 1990. Ver White S y O’Neill M (2013) ‘The New Labour That Wasn’t’, New Statesman Staggers blog, 7 de mayo 2013.

[2] Streeck W (2011) ‘The Crises of Democratic Capitalism’, New Left Review, 71.

[3] Véase Krippner G (2012) Capitalizing on Crisis: The Political Origins of the Rise of Finance, Cambridge, MA: Harvard University Press; Lapavitsas C (2013) Profiting Without Producing: How Finance Exploits Us All, Londres: Verso.

[4] Véase Crouch C (2011) The Strange Non-death of Neoliberalism, Cambridge: Polity; Engelen E et al (2012) After the Great Complacence, Oxford: Oxford University Press; Mirowski P (2013) Never Let a Serious Crisis Go to Waste, Londres: Verso.

[5] Haldane A (2010) ‘The Debt Hangover’, conferencia, cena Professional Liverpool, 27 de enero 2010.

[6] Burgin A (2013) The Great Persuasion: Reinventing free markets since the Depression, Cambridge, MA: Harvard University Press; véase también Barker R (2013) ‘Reviews’, Juncture, 19(4): 263–266.

[7] Uno de sus retratos psicológicos del emprendedor era el siguiente: “Hay la voluntad de conquistar: el impulso de luchar, de probarse a sí mismo superior a los demás, de tener éxito no por los frutos del éxito, sino por el éxito mismo. Desde este aspecto, la acción económica se convierte en similar al deporte—hay carreras financieras, o mejor dicho, combates de boxeo”. Schumpeter J (1934) The Theory of Economic Development, Transaction Publishers, p93.

[8] Chakrabortty A (2011) ‘How British Workers are Losing the Power to Think’, Guardian, 19 de diciembre 2011

[9] Davies W y Yeoman R (2013) Becoming a Public Service Mutual: Understanding Transition and Change, Oxford: Centro de Negocios Mutuos y de Propiedad de los Empleados.

[10] White S (2009) ‘“Revolutionary liberalism”? The philosophy and politics of ownership in the post-war Liberal party’, British Politics, 4: 2