El neoliberalismo y la venganza de lo “social”

Por William Davies

Publicado originalmente en: http://www.opendemocracy.net/william-davies/neoliberalism-and-revenge-of-%E2%80%9Csocial%E2%80%9D

La reciente revelación de las actividades de vigilancia masiva por parte de la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU. (NSA) plantea algunas preguntas inquietantes sobre las políticas de las redes digitales de las que nuestras vidas sociales dependen tanto hoy en día. Desde el nacimiento de la World Wide Web en 1990, pasando por la aparición de la “web 2.0” alrededor del año 2003, internet ha sido exaltado como un espacio de organización espontánea de abajo hacia arriba, una manifestación de los valores contra-culturales del área de la Bahía de San Francisco a la que se le acredita su desarrollo. Pero ahora parece que simplemente hemos invitado al Estado a espiarnos a un grado tal que ni la Stasi lo hubiese podido soñar.

Esto también plantea preguntas sobre la última manifestación del “neoliberalismo”. El hecho de que sean los medios de comunicación sociales los que están facilitando esta nueva forma de poder estatal, de que las redes sociales sean el objeto de su mirada, puede indicar que el gobierno neoliberal ya no pone tanto énfasis en el mercado como mecanismo para organizar el conocimiento, regular la libertad y lograr la transparencia. Si pensamos detenidamente en la larga historia del pensamiento y política neoliberales, se trata de un cambio muy significativo. Porque, desde sus orígenes, el neoliberalismo fue un movimiento que se definió en parte en oposición a la idea misma de lo “social” como un ámbito o lógica de actividad humana diferenciado.

La idea de lo “social” o de la “sociedad” siempre ha sido enigmática. Si ha de tener significado, no se puede reducir a una lógica de incentivos individuales o de mercados; eso sería tornarla “económica” en vez. Pero tampoco puede identificarse simplemente con el Estado, lo que sería convertirla en una categoría política o soberana como la “nación” (como podría quererlo Blue Labour). Los Estados juegan un papel importante en hacer la “sociedad” visible y medible a través de la recopilación y publicación de grandes cantidades de estadísticas. Pero la afirmación de los teóricos sociales y los sociólogos en la tradición de Émile Durkheim es que la “sociedad” tiene algo de realidad, más allá de las estadísticas particulares a través del cual llegamos a conocerla.

Lo social flota como una paradoja, entre un espacio de coerción del Estado regido por el derecho, y un espacio de espontaneidad de mercado regido por los incentivos individuales y el precio. Cuando actuamos socialmente estamos sujetos a la norma y a la vez somos libres. Y fue precisamente este carácter misterioso y contradictorio que llevó a pensadores neoliberales pioneros, como Friedrich Von Hayek, a despreciar dicha idea. El término “social”, planteó, es un “término equívoco por excelencia. Nadie sabe lo que realmente significa”.

En sus debates con los economistas e intelectuales socialistas durante los años 1920, 30 y 40, Hayek y su compatriota, Ludwig von Mises, plantearon que los socialistas, los científicos sociales y los estados eran culpables de inventar la “sociedad” de la nada. El colectivo no podía actuar espontáneamente por sí mismo o dar a conocer sus deseos subjetivos de otra forma que no fuese a través de los mercados, por lo que le estaban imponiendo los valores e ideas de las élites socialistas, con estos valores subjetivos haciéndose pasar por hechos objetivos.

Es importante destacar—tal como lo hace Philip Mirowski en su nuevo libro, Never Let a Serious Crisis Go to Waste [nunca dejes que una grave crisis se desperdicie]—que los neoliberales nunca fueron hostiles al Estado, que lo concebían como una fuente necesaria de coerción, para la prevención de la agitación política. Pero siempre fueron hostiles a la idea de alguna voluntad autónoma-aunque-colectiva del tipo propuesto, por ejemplo, por Jean-Jacques Rousseau como la “Voluntad General”. La “sociedad” para los neoliberales es un disparate metafísico peligroso que los estados utilizan para emprender sus propios programas éticos, más allá de su función neoliberal de crear normas y supervisarlas.

Hayek estaría mortificado de saber que en los últimos años ha habido una explosión de nuevos tipos de contabilidad, gobernanza e intervención política que vienen ataviadas con la retórica de lo “social”. Empresas sociales, medios de comunicación sociales, indicadores sociales, bonos de impacto social, neurociencia social. La lista es interminable. ¿Qué podemos entender de todo esto? Si el neoliberalismo se entiende como un programa dedicado a ridiculizar la idea misma de lo social como una esfera independiente de actividad, ¿estamos presenciando entonces el neoliberalismo en retirada? ¿O debemos descartar todas estas nuevas elaboraciones sociales como artificio retórico? Yo sugeriría que, entre estas dos interpretaciones, existe una tercera opción: que el neoliberalismo está siendo reinventado de maneras que incorporan la lógica social como un medio de resistir a la crítica y retrasar la crisis.

Una de las razones para pensar esto es que el neoliberalismo está siendo amenazado por el hecho de que los individuos son evidentemente incapaces de funcionar como máquinas de cálculo aisladas, teniendo únicamente a la ley y el mercado para guiarlos. Sin contar con otras personas para orientarlas y apoyarlas, para proporcionan normas y ejemplos, empiezan a comportarse de maneras que son auto-destructivas y desestabilizadoras. Esta es la idea central de la economía del comportamiento y la felicidad, que está logrando cada vez mayor influencia en los círculos de responsables políticos en estos momentos.

Lo “social” es traído de vuelta como como una manera de dar apoyo, de manera que las personas puedan seguir viviendo sus estilos de vida auto-suficientes, conscientes de riesgos, y saludables, que el neoliberalismo requiere de ellos. El fenómeno de la “prescripción social”, en el que los médicos recomiendan la participación en actividades de la comunidad local como una forma de mejorar el bienestar, es indicativo de las técnicas políticas emergentes. El neoliberalismo se lanzó como un ataque contra el socialismo, como un proyecto centrado en el Estado; ahora está siendo reinventando sutilmente de maneras que toman en cuenta la naturaleza social del individuo.

Lo que ha cambiado de manera fundamental, desde que Hayek y Mises atacaban el socialismo, es que han surgido nuevas técnicas para la medición y representación de lo “social” que rechazan o dan cabida a una serie de críticas neoliberales. Hayek y Mises planteaban que el mundo social sólo era cognoscible en conjunto (es decir, estadísticamente) desde la perspectiva del científico social o del estado. Esto, decían, significaba que el dinamismo interno y las dispersas preferencias individuales que se producen dentro de la sociedad se ignoran por completo.

Pero los medios de comunicación social y una serie de técnicas para su análisis (como el “análisis de sentimientos” y varios tipos de “analíticas sociales”), hacen que las redes, las relaciones, las comunidades y los patrones sean visibles, a la par que operan con la lógica de la expresión individual. Más aún, estas técnicas pueden operar en tiempo real, revelando fluctuaciones constantes en la actividad social, al igual que los precios revelan fluctuaciones constantes en la actividad económica. En estos aspectos, esta es una forma de social-ismo que supera la crítica del socialismo planteada por el neoliberalismo.

En la actualidad, las herramientas digitales utilizadas para analizar la vida social están en pañales, y mayormente atraen el interés de las empresas de marketing. Pero las nuevas visiones políticas tecno-utópicas, de “ciudades inteligentes” y de seguimiento digital de los comportamientos de salud, parecen decididas a hacer del reconocimiento de patrones y la gestión de relaciones un propósito clave del gobierno. Esto representa la venida de lo que Geoff Mulgan ha denominado el “Estado relacional”, o lo que he descrito anteriormente como “neocomunitarismo”.

Todo esto representa un suplemento a la lógica neoliberal, en lugar de su sustitución. La nueva forma de sociabilidad que está emergiendo puede no representar un amortiguador entre el Estado coercitivo y el individuo económico espontáneo. En vez, puede ser que así sea precisamente cómo los dos están firmemente pegados. A raíz de las revelaciones de la NSA, el temor es que las redes sociales potencialmente ofrecen una proximidad entre el individuo espontáneo y el estado, muy superior a la que ofrecen los mercados.

En vista de esta nueva mutación del neoliberalismo, vale la pena reflexionar sobre una de las defensas que fue hecha por las empresas de telecomunicaciones y las compañías de medios de comunicación social, acusadas ​​de cooperar con la NSA. Esta era que sólo habían compartido metadatos y no los propios datos. Esta defensa nos dice algo acerca de la coyuntura histórica en la que estamos. Desde una perspectiva liberal y neoliberal tradicional, esta es una buena defensa: si el Estado no puede entrometerse en las actividades individuales, las preferencias y las declaraciones individuales, entonces se mantiene la privacidad. No hay problema.

Pero esto equivoca la lógica del aparato técnico de gobierno emergente. Cuando el neoliberalismo integra la lógica de lo social, son precisamente las relaciones entre los actores las que están siendo observadas y medidas, y no los actores mismos. Es en las correlaciones y patrones donde radica el valor en una sociedad “Big Data” del siglo XXI, y no en las propiedades o las preferencias de los individuos, como era el caso en una sociedad estadística y de mercado del siglo XX. Y es en la identificación de relaciones hasta entonces invisibles que los medios digitales en red resultan prometedores para los organismos de seguridad. No hay nada inocente acerca de los meta-datos.

En un esfuerzo por anticiparse a sus oponentes, los movimientos políticos a menudo pueden terminar usurpando sus indumentarias. Podría decirse que el partido Laborista de Gran Bretaña ofreció una mejor versión del thatcherismo de lo que el Partido Conservador jamás pudo. El inagotable fervor del neoliberalismo siempre fue destruir el socialismo, pero en la práctica puede haber terminado con muchos más de los elementos tecnocráticos de socialismo de estado “real” de lo que sus ideólogos jamás hubiesen imaginado (como lo explico aquí). Cuando se tiene en cuenta nuestra situación actual, en la que nuestras vidas sociales y privadas son sometidas a una cuantificación y optimización implacables, la siguiente predicción parece premonitoria: “el conjunto de la sociedad se habrá convertido en una sola oficina y una sola fábrica”. Esta fue, de hecho, expresada como una visión optimista de cómo podía ser una buena sociedad en el futuro. Y el visionario no era otro que Vladimir Lenin.