El “falso” intérprete en el memorial de Mandela lo dijo todo

Slavoj Žižek

Publicado originalmente en: http://www.theguardian.com/commentisfree/2013/dec/16/fake-mandela-memorial-interpreter-schizophrenia-signing

 

Nuestras vidas diarias son mayormente una mezcla de rutina monótona y sorpresas desagradables—sin embargo, de vez en cuando, ocurre algo inesperado que hace que valga la pena vivir la vida. Algo de este orden ocurrió en la ceremonia en recuerdo de Nelson Mandela la semana pasada.

Decenas de miles de personas estaban escuchando a los líderes del mundo hacer declaraciones. Y entonces… sucedió (o, más bien, estaba ocurriendo por algún tiempo antes de que lo notásemos). De pie junto a dignatarios mundiales, incluyendo a Barack Obama, estaba un robusto hombre negro vestido de traje, como intérprete para los sordos, traduciendo la ceremonia en lenguaje de signos. Aquellos versados ​​en la lengua de signos gradualmente tomaron conciencia de que algo extraño estaba pasando: el hombre era un fraude: estaba inventando sus propios signos; estaba agitando sus manos pero ello no tenía significado.

Un día después, la investigación oficial reveló que el hombre, Thamsanqa Jantjie, de 34 años, era un intérprete calificado contratado por el Congreso Nacional Africano a través de su empresa Intérpretes de Sudáfrica. En una entrevista con el periódico de Johannesburgo The Star, Jantjie adjudicó su comportamiento a un repentino ataque de esquizofrenia, para lo cual toma medicación: él había estado oyendo voces y alucinando. “No había nada que pudiera hacer. Estaba solo en una situación muy peligrosa,” dijo. “Traté de controlarme y no mostrar al mundo lo que estaba pasando. Lo siento mucho. Es la situación en la que me encontré.” Jantjie, no obstante, desafiantemente insistió en que está contento con su actuación: “¡Absolutamente! Absolutamente. Lo que he estado haciendo, creo que he sido un defensor del lenguaje de signos.”

El día siguiente trajo un nuevo giro sorprendente: los medios de comunicación informaron que Jantjie ha sido arrestado al menos cinco veces desde mediados de la década de 1990, pero que presuntamente evitó la cárcel porque estaba mentalmente incapacitado para ser juzgado. Se le acusó de violación, robo, allanamiento de morada y daño malicioso a la propiedad; su más reciente encontronazo con la ley se produjo en 2003, cuando se enfrentó a cargos de asesinato, intento de asesinato y secuestro.

Las reacciones a este raro episodio fueron una mezcla de regocijo (que fue suprimido cada vez más como poco digno) e indignación. Estaban, por supuesto, los problemas de seguridad: ¿cómo fue posible, con todas las medidas de control, que esa persona estuviese tan cerca de los líderes mundiales? Lo que se escondía detrás de estas preocupaciones era la sensación de que la aparición de Thamsanqa Jantjie era una especie de milagro—como si hubiera surgido de la nada, o de otra dimensión de la realidad. Este sentimiento parece confirmado por las reiteradas declaraciones de las organizaciones de sordos que afirman que sus signos no tenían sentido, que no correspondían a ningún lenguaje de signos existente, como para calmar la sospecha de que, tal vez, había algún mensaje oculto transmitido a través de sus gestos—¿y si estaba haciendo señales a los alienígenas en un idioma desconocido? La apariencia misma de Jantjie parecía apuntar en esa dirección: no había vivacidad en sus gestos, ningún rastro de estar participado en una broma—el hacía sus gestos sin expresión alguna, con una tranquilidad casi robótica.

La actuación de Jantjie no carecía de sentido—precisamente porque no transmitía ningún significado particular (los gestos no tenían sentido), directamente representaba el significado como tal—la pretensión de significado. Aquellos de nosotros que oímos bien y no entendemos el lenguaje de signos asumimos que sus gestos tenían significado, aunque no éramos capaces de entenderlo. Y esto nos lleva al meollo de la cuestión: ¿los traductores de lenguaje de signos para sordos están pensados en realidad para aquellos que no pueden oír la palabra hablada? ¿No están pensados mucho más para nosotros— ver al intérprete nos hace (a quienes podemos oír) sentimos bien, dándonos la satisfacción de que estamos haciendo lo correcto, cuidando de los más desfavorecidos y las personas con dificultades.

Recuerdo cómo, en las primeras elecciones “libres” en Eslovenia en 1990, en una transmisión de TV de uno de los partidos de izquierda, el político que daba el mensaje fue acompañado de una intérprete de lenguaje de signos (una dulce mujer joven). Todos sabíamos que los verdaderos destinatarios de la traducción no eran los sordos, sino nosotros, los votantes ordinarios: el verdadero mensaje era que el partido defendía a los marginados y discapacitados.

Era como los grandes espectáculos de caridad que no son realmente acerca de los niños con cáncer o las víctimas de las inundaciones, sino de hacer que nosotros, el público, seamos conscientes de que estamos haciendo algo grande, exhibiendo solidaridad.

Ahora podemos ver por qué las gesticulaciones de Jantjie generaron un efecto tan siniestro una vez que quedó claro que no tenían sentido: nos confrontaron con la verdad acerca de las traducciones en lenguaje de signos para las personas sordas—que en realidad no importa si hay personas sordas entre el público que necesitan la traducción; el traductor está ahí para hacer que nosotros, que no entendemos la lengua de signos, nos sintamos bien.

¿Y no era esta también la verdad sobre toda la ceremonia conmemorativa a Mandela? Todas las lágrimas de cocodrilo de los dignatarios eran un ejercicio de auto-felicitación, y Jangtjie los tradujo a lo que efectivamente eran: disparates. Lo que los líderes mundiales celebraban era el exitoso aplazamiento de la verdadera crisis que explotará cuando los sudafricanos negros pobres se conviertan efectivamente en un agente político colectivo. Ellos eran el Ausente a quien Jantjie señalaba, y su mensaje era: los dignatarios realmente no se preocupan por ustedes. A través de su traducción falsa, Jantjie representó de forma palpable la falsedad de toda la ceremonia.