¿Es el arte una empresa criminal?

Por Michael Wolff.

Aparecido originalmente en: http://www.usatoday.com/story/money/columnist/wolff/2013/11/17/is-art-a-criminal-enterprise/3575107/

Los traficantes de drogas lavando dinero están ayudando a disparar los precios del arte a niveles estratosféricos.

El mercado del arte con sus temporadas de subastas se ha convertido en algo parecido a la moda con sus semanas de pasarela de celebridades, un juego de iniciados con un atractivo creciente, casi deportivo, para los forasteros.

La semana pasada, una subasta en Christie’s [12 de noviembre, 2013] produjo un nuevo precio récord de $142 millones para un retrato tríptico del artista Lucian Freud pintado por el artista Francis Bacon y Sotheby’s [13 de noviembre, 2013] atrajo más de $100 millones para una pieza de Andy Warhol de los 1960s.

La mayoría de los comentarios sobreexcitados ha sido acerca de la emoción de esos precios y lo increíble de las personas que pueden pagarlos. En menor medida, algunos críticos trataban de concentrarse alrededor de los temas preocupantes de conciliar el gran arte con la distorsión de tanto dinero. (Las subastas, dijo The New York Times desaprobatoriamente, “son una especie de ficción que no tiene casi nada que ver con nada real”.)

Pero casi nadie estaba dispuesto o era capaz de explicar el proceso real de creación de valor astronómico allí donde de otro modo podría no existir valor alguno, ni cómo, a lo largo de muchos años, precios sin una lógica subyacente no sólo se han mantenido sino que inevitablemente han subido cada vez más.

Aquellas preguntas estaban ausentes del comentario de la subasta a pesar de una constante letanía de escándalos recientes en el mundo del arte. Estos incluyeron la declaración de culpabilidad de la semana pasada de Helly Nahmad, retoño de la familia vinculada al arte, acusado de extorsión, lavado de dinero, chantaje y apuestas, en alianza con una camarilla de mafiosos rusos. Su declaración ayuda a que su reservada familia, una de las más poderosas en el mercado del arte, evite mayor escrutinio.

De hecho, es casi un lugar común entre los profesionales del arte que el arte, tal vez sólo superado por el tráfico de drogas, es uno de los negocios dudosos más lucrativos del mundo. Es difícil pasar por alto las conexiones entre estas dos empresas, ricas en efectivo.

El arte es, también, un negocio de finanzas.

Muchas de las figuras más prominentes en las subastas son hombres cuyo interés principal no es el arte o el mercado del arte, sino los mercados financieros. Esto incluye a Dan Loeb, el multimillonario conquistador corporativo que compra participaciones en empresas y, utilizando una variedad de estrategias de mercado, sube su precio y luego vende su participación—el modelo básico para la comercialización de arte de alta gama—.

Steven Cohen, uno de los compradores de arte más importantes del mundo, dirige una empresa de inversión, SAC Capital, que se declaró culpable la semana pasada en el caso de tráfico de información privilegiada más grande en la historia. Cohen, quien personalmente pagó una multa de $1,8 mil millones, era un importante vendedor en las subastas de la semana pasada, poniendo en venta 88 millones de dólares en arte.

El hecho de que el comercio financiero sea el negocio de muchos nuevos coleccionistas y que el mercado internacional del arte ahora ofrece una moneda alternativa viable y cada vez más líquida, y casi totalmente no-regulada, debería sugerir la razón de su interés. Pero, curiosamente, Cohen y Loeb tienden a ser presentados como víctimas del mundo del arte, seducidos por su estatus y beneficios sociales, en lugar de depredadores dentro del mismo.

Aún así, al menos su interés es público.

Una característica distintiva de una gran subasta de arte son las extraordinarias medidas que muchos postores toman para ocultar sus identidades. En un mundo donde los ricos muy a menudo quieren anunciarse a sí mismos cada vez más fuertemente, en donde se supone que el arte mismo es de valor precisamente porque te identifica como rico y culto, ni los vendedores ni los compradores de las obras de Bacon y Warhol fueron revelados.

¿Por qué?

No poco probablemente, por las mismas razones por las que es mejor que la gente no sepa que uno acaba de mover una cantidad indecente de dinero.

El arte se ha convertido en un instrumento eficaz para ocultar dinero en efectivo. Los bancos suizos ya no son un lugar muy privado. Pero un almacén en Suiza—o, para tal caso, Nueva Jersey—es agradablemente confidencial.

Y el arte es una forma de limpiar su dinero sucio. Digamos que usted vende, bueno, drogas. Usted puede comprar una pintura por $7 millones, pagando $2 millones en efectivo (ayudando al vendedor a evitar impuestos), por lo que la transacción es registrada como de $5 millones. La guarda en un almacén durante dos años, deja que aumente su valor predeciblemente y, a continuación, la vende por $9 millones. Usted no sólo ha ganado $2 millones sino que ha lavado otros $2 millones. Nadie se entera.

El arte, también, es un mercado que puede ser hábilmente manipulado de una manera que probablemente resulta más bella que el arte mismo para los arregladores financieros. Si usted es dueño de, por ejemplo, cinco Warhols, podría poner uno en subasta, participar usted mismo en la puja subiendo el precio—incluso usted mismo podría comprarla a un precio alto—por lo tanto aumentando el valor de sus otras cuatro pinturas (que ahora usted puede usar como garantía para un préstamo por su mayor valoración).

Una anomalía notable en el mercado es que los viejos maestros, con su suministro limitado, tienen ahora menor demanda y a menudo están a un precio más modesto que los nuevos artistas, con suministro ilimitado. Ello desafía la lógica económica; sin embargo, se puede explicar. Los artistas vivos imprimen dinero. Si usted es un gran comprador que ayuda a fijar los precios, le podrían ofrecer obra a un bonito incremento sobre el precio anterior del artista: $2 millones, donde la última venta fue de $1 millón. A cambio, usted consigue una obra de regalo, por lo tanto, el trato no le ha costado nada, pero ha duplicado el valor para todos los demás que poseen esas obras, incluido el artista—dejando a todo el mundo feliz—.

Debido a que hay pocas viudas y huérfanos en el mercado del arte, parece que hay poca necesidad o protesta pública para arreglar el sistema. ¿Quién resulta perjudicado? Nadie más que los artistas que no juegan voluntaria o hábilmente el juego. Y, tal vez, la cultura misma, entregando el arte a capos de la droga, oligarcas, lavadores de dinero y vulgares internacionales, y obligando al resto de nosotros a admirar lo que, con valores más racionales, podríamos desdeñar.