Problemas en el Paraíso

Por Slavoj Žižek

Publicado originalmente en:

http://www.lrb.co.uk/2013/06/28/slavoj-zizek/trouble-in-paradise

En sus primeros escritos, Marx describió la situación alemana como una en la que la única respuesta a los problemas particulares era la solución universal: la revolución global. Esta es una expresión concisa de la diferencia entre un período reformista y uno revolucionario: en un periodo reformista, la revolución global sigue siendo un sueño que, si algo hace, simplemente le da peso a los intentos de cambiar las cosas a nivel local; en un período revolucionario, resulta claro que nada mejorará sin un cambio global radical. En este sentido puramente formal, 1990 fue un año revolucionario: era evidente que las reformas parciales de los estados comunistas no serían suficientes y que se necesitaba una ruptura total para resolver incluso los problemas cotidianos tales como asegurarse de que hubiese lo suficiente para que la gente pudiese comer.

¿Dónde nos encontramos hoy en día con respecto a esta diferencia? ¿Son los problemas y las protestas de los últimos años signos de una próxima crisis global, o solo son obstáculos menores que pueden ser manejados por medio de intervenciones locales? Lo más destacable de los estallidos es que se están produciendo no sólo, ni siquiera principalmente, en los puntos débiles del sistema, sino en lugares que hasta ahora eran percibidos como historias de éxito. Sabemos por qué la gente protesta en Grecia o España; pero ¿por qué hay problemas en países prósperos o en rápido desarrollo como Turquía, Suecia o Brasil? Retrospectivamente, podríamos ver la revolución de Khomeini de 1979 como la instancia original de “problemas en el paraíso”, dado que ocurrió en un país que estaba en la vía rápida de la modernización pro-occidental, y que era el más firme aliado de Occidente en la región. Tal vez hay algo errado en nuestra noción de paraíso.

Antes de la actual ola de protestas, Turquía era la hostia: el modelo mismo de un estado capaz de combinar una economía liberal próspera con un islamismo moderado, apto para Europa, nada mal comparado a la más “Europea” Grecia, atrapada en un atolladero ideológico y empeñada en su autodestrucción económica. Es cierto que hubo signos ominosos aquí y allá (la negación turca del holocausto armenio; las detenciones de periodistas; la situación no resuelta de los kurdos; los llamados por una gran Turquía que resucite la tradición del Imperio Otomano; la imposición ocasional de las leyes religiosas), pero éstos fueron desdeñados como pequeñas manchas a las que no debería permitirse tiznar la imagen general.

Luego estallaron las protestas de la Plaza Taksim. Todo el mundo sabe que la transformación prevista de un parque que bordea la plaza de Taksim, en el centro de Estambul, a convertirse en un centro comercial, no era aquello de lo que “realmente trataban” las protestas, y que un malestar mucho más profundo ganaba fuerza. Lo mismo puede decirse de las protestas en Brasil a mediados de junio: lo que las desencadenó fue un pequeño aumento en el costo del transporte público, pero continuaron incluso después de que se revocó la medida. Aquí también habían estallado las protestas en un país que—al menos, de acuerdo a los medios de comunicación—disfrutaba de un auge económico y tenía todas las razones para sentir confianza en el futuro. En este caso, las protestas fueron aparentemente apoyadas por la presidenta, Dilma Rousseff, quien se declaró maravillada por ellas.

Es fundamental que no veamos las protestas turcas simplemente como el levantamiento de una sociedad civil laica contra un régimen islamista autoritario apoyado por una silenciosa mayoría musulmana. Lo que complica el escenario es el impulso anti-capitalista de las protestas: los manifestantes intuitivamente perciben que el fundamentalismo de libre mercado y el fundamentalismo islámico no son mutuamente excluyentes. La privatización del espacio público por un gobierno islamista muestra que las dos formas de fundamentalismo pueden trabajar de la mano: es una clara señal de que el matrimonio “eterno” entre la democracia y el capitalismo está próximo al divorcio.

También es importante reconocer que los manifestantes no persiguen ningún objetivo “real” identificable. Las protestas no son “realmente” contra el capitalismo global, “realmente” contra el fundamentalismo religioso, “realmente” a favor de las libertades civiles y la democracia, o “realmente” sobre cualquier cosa en particular. De lo que la mayoría de los que han participado en las protestas están conscientes es de una fluida sensación de malestar y descontento que sostiene y une a las diversas demandas específicas. La lucha por comprender las protestas no es sólo epistemológica, con periodistas y teóricos intentando explicar su verdadero contenido; también es una lucha ontológica sobre la cosa misma que está ocurriendo dentro de las propias protestas. ¿Es esta sólo una lucha contra el gobierno corrupto de la ciudad? ¿Es una lucha contra el gobierno islamista autoritario? ¿Es una lucha contra la privatización del espacio público? La pregunta está abierta y la forma en que se responda dependerá del resultado de un proceso político en curso.

En 2011, cuando las protestas estallaban en toda Europa y el Medio Oriente, muchos insistieron en que no debían ser tratadas como instancias de un solo movimiento global. En vez, argumentaban, cada una era una respuesta a una situación específica. En Egipto, los manifestantes querían aquello contra lo que el movimiento Occupy protestaba en otros países: “libertad” y “democracia”. Incluso entre los países musulmanes, había diferencias cruciales: la primavera árabe en Egipto fue una protesta contra un régimen pro-occidental autoritario y corrupto; la Revolución Verde en Irán que comenzó en 2009 fue contra el islamismo autoritario. Es fácil ver cómo tal particularización de la protesta apela a los defensores del status quo: no existe una amenaza contra el orden global como tal, sólo una serie de problemas locales independientes.

El capitalismo global es un proceso complejo que afecta a diferentes países de diferentes maneras. Lo que unifica a las protestas, a pesar de su diversidad, es que todas son reacciones contra diferentes facetas de la globalización capitalista. La tendencia general del capitalismo global actual es hacia una mayor expansión del mercado, el cercado paulatino del espacio público, la reducción de los servicios públicos (sanidad, educación, cultura), y un poder político cada vez más autoritario. Es en este contexto que los griegos protestan contra el dominio del capital financiero internacional y su propio estado corrupto e ineficiente, que es cada vez menos capaz de proporcionar servicios sociales básicos. Es también en este contexto que los turcos protestan contra la comercialización del espacio público y contra el autoritarismo religioso; que los egipcios protestan contra un régimen apoyado por las potencias occidentales; que los iraníes protestan contra la corrupción y el fundamentalismo religioso, etc. Ninguna de estas protestas puede reducirse a un solo tema. Todas abordan una combinación específica de al menos dos temas, uno económico (desde la corrupción a la ineficiencia, hasta el propio capitalismo), el otro político-ideológico (desde la demanda por democracia a la demanda que se derroque la democracia multipartidista convencional). Lo mismo ocurre con el movimiento Occupy. Debajo de la profusión de declaraciones (a menudo confusas), el movimiento tuvo dos características básicas: primero, el descontento con el capitalismo como sistema, no sólo con sus corrupciones locales particulares; segundo, una conciencia de que la forma institucionalizada de la democracia representativa multipartidista no está equipada para combatir los excesos de capitalismo, es decir, la democracia tiene que ser reinventada.

Solo porque la causa subyacente de las protestas sea el capitalismo global, no significa que la única solución sea directamente derrocarlo. Tampoco es viable seguir la alternativa pragmática, que es lidiar con los problemas individuales y esperar una transformación radical. Ello pasa por alto el hecho de que el capitalismo global es necesariamente incoherente: la libertad de mercado va de la mano del apoyo de EE.UU. a sus propios agricultores; la prédica de la democracia va de la mano del apoyo a Arabia Saudita. Esta incoherencia abre un espacio para la intervención política: donde sea que el sistema capitalista global se vea obligado a violar sus propias reglas, hay una oportunidad para insistir en que se sigan esas reglas. Exigir coherencia en puntos estratégicamente seleccionados en los que el sistema no puede permitirse el lujo de ser coherente es poner presión sobre todo el sistema. El arte de la política consiste en hacer demandas particulares que, aunque cabalmente realistas, golpean el núcleo de la ideología hegemónica y entrañan un cambio mucho más radical. Tales demandas, si bien factibles y legítimas, son de hecho imposibles. La propuesta de Obama para la sanidad universal fue un caso tal, razón por la que las reacciones a ella fueron tan violentas.

Un movimiento político comienza con una idea, algo por qué luchar, pero con el tiempo la idea se somete a una profunda transformación—no sólo un acomodo táctico, sino una redefinición fundamental—pues la idea en sí misma se vuelve parte del proceso: se vuelve sobredeterminada.[i] Digamos que una revuelta empieza con un reclamo de justicia, quizá como un llamado a que una ley en particular sea revocada. Una vez que la gente se compromete profundamente con ello, se dan cuenta de que se necesitaría mucho más que cumplir con su demanda inicial para lograr justicia verdadera. El problema es definir precisamente, en qué consiste el “mucho más”. La perspectiva liberal-pragmática es que los problemas pueden ser resueltos gradualmente, uno por uno: “La gente está muriendo ahora en Ruanda, así que olvídate de la lucha anti-imperialista, sólo prevengamos la masacre”, o: “Tenemos que luchar contra la pobreza y el racismo, aquí y ahora, y no esperar al colapso del orden capitalista global”. En esa línea, John Caputo sostuvo en After the Death of God (2007):

Yo sería muy feliz si los políticos de extrema izquierda en los Estados Unidos fueran capaces de reformar el sistema garantizando la asistencia sanitaria universal, redistribuyendo efectivamente la riqueza de maneras más equitativas con un código de fiscalidad revisado, limitando efectivamente el financiamiento de campañas electorales, registrando a todos los votantes, tratando a los trabajadores migrantes de manera humana, y efectuando una política exterior multilateral que integre el poder estadounidense dentro de la comunidad internacional, etc., es decir, intervenir en el capitalismo por medio de reformas serias y de largo alcance… Si después de hacer todo eso Badiou y Žižek se quejaran de que un monstruo llamado capitalismo todavía nos acecha, yo me inclinaría a saludar a ese monstruo con un bostezo.

El problema aquí no es la conclusión de Caputo: si se pudiera lograr todo ello dentro del capitalismo, ¿por qué no quedarse allí? El problema es la premisa subyacente de que es posible lograr todo aquello dentro del capitalismo global en su forma actual. ¿Qué pasa si los fallos del capitalismo enumerados por Caputo no son meramente perturbaciones contingentes, sino necesidades estructurales? ¿Y qué si el sueño de Caputo es un sueño de un orden capitalista universal sin sus síntomas, sin los puntos críticos en los que su “verdad reprimida” se muestra a sí misma?

Las protestas y revueltas de hoy se sustentan en la combinación de demandas superpuestas, y esto da cuenta de su fuerza: luchan por la democracia (“normal”, parlamentaria) contra los regímenes autoritarios; contra el racismo y el sexismo, especialmente cuando es dirigido a los inmigrantes y refugiados; contra la corrupción en la política y los negocios (la contaminación industrial del medio ambiente, etc.); por el estado de bienestar contra el neoliberalismo; y por nuevas formas de democracia que van más allá de los rituales multipartidistas. También cuestionan el sistema capitalista global como tal y tratan de mantener viva la idea de una sociedad más allá del capitalismo. Dos trampas que hay que evitar aquí: el falso radicalismo (“lo que realmente importa es la abolición del capitalismo liberal-parlamentario, las otras luchas son secundarias”), pero también el falso gradualismo (“ahora debemos luchar contra la dictadura militar y por la democracia básica, todos los sueños del socialismo deben ser puestos de lado por ahora”). No hay que avergonzarse de recordar la distinción maoísta entre antagonismos principales y secundarios, entre aquellos que importan más al final y los que ahora dominan. Hay situaciones en las que insistir en el antagonismo principal significa perder la oportunidad de dar un golpe importante en la lucha.

Sólo una política que tenga plenamente en cuenta la complejidad de la sobredeterminación merece ser llamada una estrategia. Cuando nos unimos a una lucha específica, la pregunta clave es: ¿cómo nuestra participación en ella o nuestra retirada de la misma afectará a otras luchas? La regla general es que cuando comienza una revuelta contra un régimen opresivo semi-democrático, como en el Medio Oriente en 2011, es fácil movilizar a grandes multitudes con consignas—por la democracia, contra la corrupción, etc. Pero pronto nos enfrentamos a más elecciones difíciles. Cuando la revuelta tiene éxito en su objetivo inicial, nos damos cuenta de que lo que realmente nos molesta (nuestra falta de libertad, nuestra humillación, la corrupción, las pocas perspectivas) persiste en una nueva forma, por lo que nos vemos obligados a reconocer que había una falla en la meta misma. Esto puede significar llegar a ver que la democracia puede ser en sí misma una forma de falta de libertad, o que debemos exigir más que la democracia meramente política: la vida social y económica deben ser democratizadas también. En resumen, lo que primero tomamos como un fallo para aplicarnos de lleno a un principio noble (la libertad democrática) es en realidad un fallo inherente al principio en sí. Esta toma de conciencia—que el fallo puede ser inherente al principio por el que estamos luchando—es un gran paso en la educación política.

Los representantes de la ideología dominante despliegan todo su arsenal para impedir que lleguemos a esta conclusión radical. Nos dicen que la libertad democrática trae sus propias responsabilidades, que tiene un precio, que es inmaduro esperar mucho de la democracia. En una sociedad libre, dicen, hay que comportarse como capitalistas invirtiendo en nuestra propia vida: si no somos capaces de hacer los sacrificios necesarios, o si de alguna forma nos quedamos cortos, no tenemos a nadie a quien culpar salvo a nosotros mismos. En un sentido político más directo, EE.UU. siempre ha seguido una estrategia de control de daños en su política exterior mediante la re-canalización de los levantamientos populares hacia formas parlamentarias-capitalistas aceptables: en Sudáfrica después del apartheid, en las Filipinas después de la caída de Marcos, en Indonesia después de Suharto, etc. Aquí es donde comienza la política propiamente dicha: la pregunta es cómo empujar aún más una vez que la primera y emocionante ola de cambio ha terminado, cómo dar el siguiente paso sin sucumbir a la tentación “totalitaria”, cómo ir más allá de Mandela sin llegar a Mugabe.

¿Qué significaría esto en un caso concreto? Comparemos dos países vecinos, Grecia y Turquía. A primera vista, pueden parecer totalmente diferentes: Grecia está atrapada en las políticas ruinosas de austeridad, mientras que Turquía está disfrutando de un auge económico y está emergiendo como una nueva superpotencia regional. ¿Pero qué si cada Turquía genera y contiene su propia Grecia, sus propias islas de miseria? Como Brecht lo planteó en su “Elegías de Hollywood”,

El pueblo de Hollywood se planeó según la idea

De que la gente aquí sí tenía de cielo. Aquí

Han llegado a la conclusión de que Dios

Necesitando de Cielo e Infierno, no necesitaba

Planear dos lugares, sino

Solamente uno: el cielo. Éste

Sirve para los pobres y los desafortunados

Como infierno

Esto describe la actual “aldea global” bastante bien: solo aplíquese a Qatar o Dubai, patios de recreo de los ricos que dependen de las condiciones de casi esclavitud de los trabajadores inmigrantes. Una mirada cercana revela similitudes subyacentes entre Turquía y Grecia: la privatización, el cerramiento del espacio público, el desmantelamiento de los servicios sociales, el auge de políticas autoritarias. En un nivel básico, los manifestantes griegos y turcos están comprometidos en la misma lucha. El camino verdadero sería coordinar las dos luchas, rechazar las tentaciones “patrióticas”, dejar atrás la enemistad histórica entre los dos países y buscar motivos para la solidaridad. El futuro de las protestas puede depender de ello.

 

 


[i] En su prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, Marx escribió (en su peor modo evolutivo) que la humanidad solo se plantea tareas que es capaz de resolver. ¿Y si invirtiésemos esta declaración y afirmásemos que como regla la humanidad se plantea tareas que no puede resolver, y consiguientemente desencadena un proceso impredecible en cuyo curso la propia tarea es redefinida?