Simpatía por los luditas
Por Paul Krugman

Publicado originalmente en
http://www.nytimes.com/2013/06/14/opinion/krugman-sympathy-for-the-luddites.html?_r=0

En 1786, los trabajadores textiles de Leeds, un centro de la industria de la lana en el norte de Inglaterra, lanzaron una protesta en contra del creciente uso de máquinas de cardado, que estaban siendo empleadas para realizar una tarea anteriormente desempeñada por mano de obra cualificada. “¿Cómo estos hombres, así arrojados al desempleo, han de proveer para sus familias?”, preguntaban los signatarios. “¿Y qué aprendizaje han de darle a sus hijos?”

No eran preguntas tontas. Eventualmente, la mecanización—esto es, luego de un par de generaciones—dio lugar a un amplio ascenso en los niveles de vida británicos. Sin embargo, no resulta nada claro si los típicos trabajadores cosecharon algún beneficio durante las etapas iniciales de la Revolución Industrial; muchos trabajadores claramente sufrieron. Y usualmente los trabajadores más afectados fueron aquéllos que, con esfuerzo, adquirieron habilidades valiosas—solo para descubrir que dichas habilidades se habían devaluado repentinamente.

¿Estamos viviendo en otra era tal? Y, de ser así, ¿qué vamos a hacer al respecto?

Hasta hace poco, la sabiduría convencional sobre los efectos de la tecnología en los trabajadores era, en cierto modo, reconfortante. Claramente, muchos trabajadores no compartían de lleno—o, en muchos casos, en lo absoluto—los beneficios de la productividad creciente; en vez, el grueso de las ganancias iban a una minoría de la fuerza laboral. Pero, según el relato, esto se debía a que la tecnología moderna estaba aumentando la demanda de trabajadores altamente cualificados mientras que reducía la demanda de trabajadores menos educados. Y la solución era más educación.

Ahora bien, siempre hubo problemas con este relato. Notablemente, si bien podía dar cuenta de una creciente brecha en los salarios entre aquellas personas con título universitario y aquellas sin él, no podría explicar por qué un pequeño grupo—el famoso “uno por ciento”—estaba experimentando ganancias mucho mayores que los trabajadores altamente cualificados en general. Sin embargo, hace una década, esa historia podría haber tenido algo de cierto .

Hoy, sin embargo, emerge una imagen mucho más oscura de los efectos de la tecnología sobre el trabajo. En esta imagen, los trabajadores altamente cualificados son igualmente propensos a verse desplazados y devaluados que los de baja cualificación, y presionar por más educación puede crear tantos problemas como los que resuelve.

Previamente he señalado que la naturaleza de la creciente desigualdad en Estados Unidos cambió alrededor del 2000. Hasta entonces, todo era acerca de trabajador contra trabajador; la distribución de ingresos entre mano de obra y capital—entre salarios y utilidades, si prefieren—se había mantenido estable por décadas. Desde ese entonces, no obstante, la tajada del pastel de la mano de obra ha caído drásticamente. Resulta que no es un fenómeno únicamente estadounidense. Un nuevo informe de la Organización Internacional del Trabajo señala que lo mismo está ocurriendo en muchos otros países, que es lo que uno esperaría ver si las tendencias tecnológicas globales estuviesen volviéndose en contra de los trabajadores.

Y algunos de estos giros bien pueden ser súbitos. El McKinsey Global Institute recientemente publicó un informe sobre una docena de nuevas tecnologías importantes que considera probable que resulten “disruptivas”, alterando los acuerdos sociales y de mercado existentes. Incluso una rápida mirada a la lista del informe sugiere que algunas de las víctimas de la disrupción serán trabajadores actualmente considerados altamente cualificados, quienes invirtieron mucho tiempo y dinero en adquirir esas habilidades. Por ejemplo, el informe sugiere que veremos mucha “automatización del trabajo del conocimiento”, con software haciendo cosas que solían requerir de graduados universitarios. La robótica avanzada podría reducir aún más el empleo en la manufactura, pero también podría reemplazar a algunos profesionales médicos.

¿Deberían los trabajadores simplemente estar preparados para adquirir nuevas habilidades? Los trabajadores de la lana de Leeds en el siglo XVIII abordaron este problema en 1786: “¿Quién mantendrá a nuestras familias mientras nosotros emprendemos la ardua tarea” de aprender un nuevo oficio? Asimismo, también preguntaron, ¿qué ocurrirá si el nuevo oficio, a su vez, se devalúa debido a posteriores avances tecnológicos?

Y las contrapartes modernas de esos trabajadores de la lana bien podrían preguntar: ¿qué pasará con nosotros si, como tantos estudiantes, nos endeudamos fuertemente para adquirir las habilidades que se nos dice necesitamos, solo para descubrir de que la economía ya no quiere esas habilidades?

La educación, luego, no es más la respuesta a la creciente desigualdad, si es que alguna vez lo fue (que lo dudo).

Así que, ¿cuál es la respuesta? Si el cuadro que he esbozado es correcto, la única manera en que podríamos tener algo que se parezca a una sociedad de clase media—una sociedad en la cual los ciudadanos comunes tengan una garantía razonable de mantener una vida decente siempre y cuando trabajen duro y cumplan las reglas—sería teniendo una fuerte red de seguridad social, una que garantice no solo la sanidad sino también un ingreso mínimo. Y con una cuota cada vez mayor del ingreso yendo al capital en vez de a la mano de obra, esa red de seguridad tendría que ser pagada en gran medida vía impuestos sobre utilidades y/o ingresos de inversiones.

Ya puedo escuchar a los conservadores gritando sobre los males de la “redistribución”. ¿Pero qué, exactamente, propondrían en vez?