The Economist. Democracy in America.

“La masacre de Newtown: Lágrimas falsas”

Publicado el 17/12/2012 en http://www.economist.com/blogs/democracyinamerica/2012/12/newtown-massacre?fsrc=rss

 

Considerando la frecuencia con la que ahora se producen las masacres con arma de fuego en Estados Unidos, la atención mediática que obtienen y el fracaso de dicha atención para cambiar la opinión pública sobre el control de armas o para presionar al sistema político para tomar acción alguna, el desborde de sentimiento ante el tiroteo del viernes en Newtown, Connecticut, probablemente debería ser visto como un ejercicio ritual en histrionismo de masas. No para los amigos y familiares de quienes fueron asesinados, obviamente; para ellos los asesinatos son una tragedia real y terrible. Sin embargo, aquellos de nosotros que vemos los acontecimientos de lejos, a menos que empecemos a dar prueba de un recién descubierto apetito por las medidas de control de armas para prevenir futuros asesinatos masivos, estamos haciendo poco más que exhibir y disfrutar de nuestra propia congoja exaltada. Esta es una actividad en la que nosotros, como cultura, sobresalimos. La avidez posmoderna de los estadounidenses por las demostraciones de dolor auto-exaltantes ante acontecimientos que en realidad no nos ocurrieron fue retratada hace dos décadas en la aún notable “Heathers”; tal como esa película planteaba, los asesinatos masivos en las escuelas proporcionan el telón de fondo perfecto de una tragedia “sin sentido” frente a la cual el público puede proyectar su propia angustia y falsa tristeza.

En su libro “Mediated”, Thomas de Zengotita tiene un análisis muy bueno de la forma en que evolucionó el tratamiento público occidental de las tragedias transmitidas por los medios de comunicación, desde Pearl Harbor, pasando por el asesinato de JFK, hasta la muerte de la Princesa Diana, donde el público paulatinamente concibió estos momentos principalmente como ocasiones para escenificar sus alteradas pequeñas actuaciones emocionales, cual adolescentes pregonando poco convincentemente lo mortificados que están por el divorcio de los padres de otro chico. “Dolientes de la Princesa Diana”, escribió de Zengotita,

tantos de ellos, exhibiendo su dolor tan obviamente, ni siquiera fingiendo que no lo estaban exhibiendo, entendiendo que ésta era su papel, tanto en el sentido sociológico y teatral, entendiendo que ellos estaban allí para este propósito al servicio del Show Global que su misma presencia incitaba, producía y promocionaba en tiempo real …

Desde el lado americano del Atlántico, lo que parecía ridículo acerca de los dolientes de la Princesa Diana era que la historia en la que se habían inmerso no tenía nada que ver con ellos. El retozar de toda esta gente rica y decadente, el hecho de que una de ellas tuviese una aventura y muriese en un accidente automovilístico—¿Cómo podían estar bajo el ensueño de que tenían alguna conexión con esto? No podían tener efecto; no había nada sobre lo cual tener efecto; era una historia triste y sin sentido que le sucedió a otras personas.

Por supuesto, los asesinatos en Newtown parecen igualmente “sin sentido”, si uno insiste en descartar la idea de que estos episodios podrían ser prevenidos limitando el acceso de la población a las armas de fuego. De hecho, es más conveniente para los propósitos de los medios de comunicación cuando estas tragedias son verdaderamente “sin sentido”; les da un aura adecuadamente melancólica y hace que sea más fácil para el público que escenifica su dolor darle cualquier sentido que quieran. (Véase la respuesta llorosa de Ross Douthat, que apunta a Dostoievski e Iván Karamazov. Ay, la muerte de inocentes; es Dios acaso posible en un mundo así, y así sucesivamente.) Y desde el jueves pasado, ciertamente parecemos haber renunciado a toda pretensión de intentar impedir futuras masacres escolares. El editorial de opinión del New York Times de Gregory Gibson, cuyo hijo Galen fue asesinado por un tirador en la universidad en 1992, logra un tono apropiadamente amargo.

A raíz del asesinato de Galen, escribí un libro sobre el tiroteo. En él sugerí que vemos los crímenes armados como un asunto de salud pública, lo mismo que fumar o los pesticidas. Pasé varios años asistiendo a mítines, firmando peticiones, escribiendo cartas y dando discursos, pero eventualmente me di por vencido. El control de armas, un tema tan de actualidad en los “tempranos” días de los tiroteos en las escuelas, inexplicablemente se convirtió en un tema peliagudo para los políticos.

Me di cuenta de que, en esencia, esta es la forma en que en los Estados Unidos quiere que sean las cosas. Queremos nuestra libertad, y queremos nuestras armas de fuego, y si tenemos que soportar el ocasional tiroteo en la escuela, que así sea…

Más terrible aún— al menos para mí—es el lamento inevitable, “¿Cómo pudimos permitir que esto suceda?” Es una pregunta terrible, porque la respuesta es tan simple. Haz que sea fácil para la gente conseguir armas y sucederán cosas así.

“Eventualmente me di por vencido”. Esto, de un hombre cuyo hijo fue asesinado. ¡Ciertamente enmendamos las cosas con él, América!

No está completamente fuera discusión que esta vez los EE.UU. realmente haga algún tipo de esfuerzo renovado para hacer frente a su problema de los tiroteos. Michael Bloomberg, uno de los pocos líderes electos en el país que goza del respeto tanto de los demócratas como de los republicanos, está haciendo un esfuerzo enorme para hacer que, por vergüenza, otros políticos traten el tema, y su solución preferida parece estar en el extremo anti-NRA [Asociación Nacional del Rifle] del espectro, incluyendo reforzar las leyes existentes de verificación de antecedentes y la reactivación de la prohibición de armas de asalto, lo que habría hecho ilegal el rifle Bushmaster .223 utilizado por el asesino de Newtown. Y en su discurso del servicio funerario de anoche, Barack Obama cruzó un nuevo umbral retórico preguntando: “¿Estamos dispuestos a decir que este tipo de violencia que acontece a nuestros niños año tras año tras año es de alguna manera el precio de nuestra libertad?” Obama estaba apuntando claramente al ridículo aunque ampliamente aceptado argumento de que las armas de fuego privadas son cruciales para la protección de los derechos civiles de los estadounidenses.

Pero un esfuerzo más serio para salvar las vidas de una fracción importante de las 30.000 personas que anualmente mueren por armas de fuego en Estados Unidos tendría que implicar reducir agresivamente el número de armas en circulación. Esto es imposible, porque ahora hay alrededor de 300 millones de pistolas por ahí en Estados Unidos, porque muchos propietarios de armas de fuego (incluyendo, al parecer, la primera víctima del asesino de Newtown, su madre) están fanáticamente dedicados a tener estos juguetes letales en casa, y porque el precedente del Tribunal Supremo afirma que la segunda enmienda garantiza el derecho individual a la propiedad de armas. (El hecho de que esté protegido por la segunda enmienda, por supuesto, no tiene mucho que ver con si es ético o no. La Constitución protege a muchas formas de conducta reprobable.) Incluso el restablecimiento de la prohibición de armas de asalto parece un obstáculo político difícil en este momento. Así que a menos que el pueblo estadounidense esté dispuesto a realmente hacer algo para evitar que la próxima matanza de niños ocurra, deberíamos callar y dejar de lloriquear. Es nuestra culpa, y hasta que evidenciemos un cierto remordimiento por nuestras acciones o nuestra intención de reformarnos, la idea de que nos consideremos con derecho a estar de “duelo” por las víctimas de nuestras propias políticas bárbaras es francamente repugnante.