Ineconomía: un desafío al poder de la profesión económica

Por William Davies

Publicado el 9 de febrero, 2012: http://www.opendemocracy.net/ourkingdom/william-davies/uneconomics-challenge-to-power-of-economics-profession

Cuando los economistas Lucas Papademos y Mario Monti fueron lanzados en paracaídas al cargo de Primer Ministro de Grecia e Italia respectivamente, en noviembre del año pasado, ello anunciaba una nueva era en el poder de la profesión económica. Habiendo tantas preguntas siendo formuladas acerca de los fracasos de la economía y los economistas en la antesala de la crisis financiera, este reproche tecnocrático a la democracia era una prueba más de que esta crisis está afianzando al poder de la élite existente, en lugar de debilitarlo. Tampoco es que uno fuese a oír nada de esto siendo discutido en un aula de economía. 

En el mismo mes, estudiantes de economía de Harvard abandonaron en protesta la clase del economista conservador Greg Mankiw, acompañados de una carta abierta explicando el por qué. Según la carta:

Los graduados de Harvard desempeñan roles importantes en las instituciones financieras y dando forma a las políticas públicas en todo el mundo. Si Harvard fracasa en equipar a sus estudiantes con una comprensión amplia y crítica de la economía, es probable que las acciones de éstos perjudiquen el sistema financiero mundial. Los últimos cinco años de conmoción económica han sido prueba suficiente de ello.

Por su parte, el documental Inside Job contenía informes alarmantes sobre profesores de economía de alto nivel a los que se les había pagado grandes sumas de consultoría para informar que economías como las de Islandia eran fundamentalmente sólidas. Desde la década de 1990, una serie de altos economistas estadounidenses repetidamente “descubrían” que los derivados financieros estaban reduciendo los riesgos dentro del sistema financiero.

Ahora sabemos que la crisis financiera ha producido una depresión en muchas economías occidentales, que destruirán vidas y muchas instituciones públicas apreciadas. De acuerdo con las cifras del gobierno del Reino Unido, los niveles de vida en 2015 serán inferiores a los de 2002. Uno de los ingredientes de esta crisis fue que el sistema financiero (incluyendo sus reguladores) fue una mina repleta de canarios, casi ninguno de los cuales tenía inclinación o capacidad alguna para cantar. Los que sí lo hicieron, como Nassim Taleb, o Nouriel Roubini, han adquirido desde entonces la condición de gurús por esta única razón.

Y, sin embargo, cinco años después de los orígenes de la crisis, el poder (si no la autoridad) de la economía en la vida pública es, si cabe, mayor de lo que era antes. Las agencias de calificación crediticia hacen que los gobiernos se estremezcan con sus modelos de riesgo. El programa de austeridad del gobierno del Reino Unido fue respaldado por las descabelladas afirmaciones de los economistas conservadores (especialmente en el think tank Policy Exchange) que los recortes rápidos en el gasto público se traducirían en crecimiento económico. Cuando estas predicciones resultaron ser falsas, pocos se molestaron siquiera en mostrar su sorpresa.

Tal como ha sostenido recientemente Woolfgang Streeck, siempre ha habido una tensión implícita entre las demandas de los expertos económicos y las de la democracia, pero la crisis ha elevado esto a un nuevo nivel. Estamos acostumbrados a que los políticos electos (como Ruth Kelly y Vince Cable en el Reino Unido) sean economistas formados o a que asesores económicos den forma a regímenes no democráticos (como Milton Friedman en Chile en la década de 1970 o Jeffrey Sachs en Rusia en la década de 1990). Pero, hasta el año 2011, nunca habíamos presenciado el fenómeno de un economista como Primer Ministro no-electo.

Es hora de reconocer una verdad incómoda sobre el estatus público de la economía como disciplina experta: ha llegado a ser mucho más poderosa como herramienta de retórica política, de evasión de culpas y de estrategia de élite que para la representación empírica de la vida económica. Esto es perjudicial para la política, ya que permite que los juicios de valor y las agendas políticas sean incesantemente presentados en términos “fácticos”. Pero es igualmente perjudicial para la economía, que está perdiendo la autoridad para describir la realidad de la manera creíble, desinteresada, propia de la Ilustración.

El estatus de los economistas en la vida pública ha tenido muchas idas y vueltas desde que La riqueza de las naciones de Adam Smith fue publicado en 1776. Los economistas políticos clásicos, tales como David Ricardo y John Stuart Mill, eran intelectuales públicos implicados, cuyos análisis abarcaban las instituciones, la política y la moral. Fue sólo después de la “revolución marginal” de la década de 1870 que la economía reapareció en su forma neo-clásica, la forma con la que hoy en día asociamos el término “economía”. Al delimitar drásticamente el alcance de la economía al estudio de la toma racional de decisiones por los individuos, los marginalistas se abstuvieron de describir el capitalismo o la sociedad, creando el espacio para que emerjan las ciencias sociales rivales con ese propósito.

La metodología de la economía neo-clásica famosamente presupone que los seres humanos son maximizadores racionales de su propia utilidad. Esta idea ha funcionado de maravilla para la profesión económica como base para la creación de modelos, pero terriblemente mal para el mundo que la economía pretende describir. Ha generado imágenes de la vida económica que son excesivamente simples y cuantificables. La función política y cultural de la economía (sobre la que los economistas casi nunca han reflexionado, con la notable excepción de Deirdre McCloskey) se ha convertido en la de extirpar la ambigüedad y la complejidad. Su utilidad para los políticos radica en la rigidez y el alcance global de sus métodos, pero no necesariamente en la veracidad de sus hallazgos.

En este punto, deben hacerse dos advertencias en defensa de los economistas. En primer lugar, muchos economistas neoclásicos hacen grandes esfuerzos para reconocer la falta de realismo de sus supuestos metodológicos. Tal como le gusta decir a Gary Becker, el prestigioso economista de la Escuela de Chicago, la economía neoclásica no es más que un particular “aproximación” a la conducta humana. Esta aparente humildad permite entonces a Becker y sus acólitos extender esta “aproximación” en todos los ámbitos de la vida sin ningún tipo de justificación para hacerlo, tal como ha sido popularizado en el best-seller Freakonomics.

En segundo lugar, los economistas suelen estar mucho más atentos a la fragilidad del conocimiento económico que aquellos a quienes están asesorando. Los economistas académicos harán hincapié en la presencia de la “incertidumbre” que subyace a todas las situaciones, resaltarán las limitaciones de sus datos y calificarán sus presupuestos. El problema es que los banqueros impulsados por la adrenalina, los políticos y los reguladores con exceso de trabajo tienen poco interés en tal condicionalidad para empollones. Ellos quieren respuestas numéricas con las que defender sus acciones.

Por lo tanto, la extraña verdad es que la economía ha alcanzado su actual preeminencia en la vida pública al decir lo menos posible acerca de las instituciones, el carácter y las prácticas del capitalismo contemporáneo. Combinando una aguda humildad con respecto al realismo de sus premisas, con la apariencia de certidumbre con respecto a sus conclusiones, ha creado una forma peligrosa de racionalismo que está profundamente entrelazado con la vida económica, mientras que es totalmente incapaz de reflexionar sobre este mismo hecho.

La disciplina ha realizado un mínimo de autocrítica en los últimos años admitiendo los hallazgos de dos disciplinas rivales, a saber, la psicología y la biología. Ahora se está prestando atención a la economía del comportamiento, la neuro-economía, la economía de la felicidad (como ha sido discutida aquí en OurKingdom), las finanzas ecológicas y la teoría de la complejidad, en busca de una visión más realista de la vida económica. El Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico, de George Soros, que fue fundado en 2009 en respuesta a la crisis financiera, está dominado por estas versiones modificadas de la economía neoclásica. Andrew Haldane del Banco de Inglaterra ha echado mano de muchas de estas escuelas de pensamiento para criticar el status quo. Si bien los esfuerzos de los economistas para reconectarse con la realidad económica deben ser bienvenidos, las instituciones, el poder o la cultura aún están absolutamente ausentes de las representaciones que estas sub-disciplinas elaboran.

Sin embargo, esto dista mucho de ser cierto a lo largo de las ciencias sociales en general. Después de la revolución marginal, los sociólogos asumieron la tarea de describir las instituciones y la regulación del capitalismo industrial, que la economía había abandonado. Los antropólogos hicieron preguntas fundamentales sobre la vida económica, con respecto a la naturaleza del intercambio, del dinero y de la producción. La economía política sobrevivió en diversas tradiciones marxistas, evolutivas, keynesianas y neo-institucionalistas, que ahora se agrupan bajo el término paraguas “economía heterodoxa”.

Figuras destacadas de estas disciplinas han alcanzado una gran influencia pública en el pasado. El papel de Keynes en la conferencia Bretton Woods de 1944 es el ejemplo principal, pero economistas evolutivos (como Richard Nelson en los EE.UU.), sociólogos (como Anthony Giddens en Gran Bretaña) y marxistas (como Michel Aglietta en Francia), han ejercido funciones como altos asesores económicos gubernamentales.

Pero el pensamiento económico neo-clásico se ha convertido en la lengua vernácula del gobierno contemporáneo y gran parte de lo que estos pensadores abordan hoy en día sería descrito por los responsables políticos como “externalidades”, el término neo-clásico para aquello que ocurre fuera del sistema de precios de mercado.

Como una contribución para revertir algunas de estas tendencias, OurKingdom y openEconomy están organizando un debate titulado “Ineconomía” [Uneconomics]. Encargando e invitando aportaciones de sociólogos, antropólogos y economistas heterodoxos, el debate buscará promover la comprensión pública de la vida económica y la crisis actual de dos maneras.

En primer lugar, buscaremos contribuciones de científicos sociales que realizan un trabajo empírico detallado dentro de las instituciones dominantes del capitalismo contemporáneo. Por ejemplo, los “estudios sociales de las finanzas” han arrojado muchas luces sobre instituciones tales como los derivados, los mercados bursátiles, las pantallas comerciales y la cultura de Wall Street, gracias al trabajo etnográfico de académicos como Donald MacKenzie y Caitlin Zaloom. Las habilidades para ver y escuchar—en manos de periodistas como Michael Lewis y el antropólogo-convertido-en-periodista Gillian Tett—han demostrado ser mucho más importantes para aumentar nuestra comprensión de la actual crisis de la economía ortodoxa.

Los sociólogos, los antropólogos y los “economistas culturales” también tienen cosas importantes que decir acerca de instituciones tales como la deuda, la contabilidad, la regulación y calificación crediticia. La percepción antropológica de que la forma en cómo representamos las cosas afecta nuestra forma de actuar, se ha vuelto más ampliamente aceptada desde el inicio de la crisis; piénsese en cómo la práctica de la contabilidad “mercado-a-mercado” ha sido considerada una de las culpables de la crisis bancaria. Sin embargo, al debate público se le suele privar de las ideas de los antropólogos y sociólogos.

Sin duda, esto es en parte culpa de los propios investigadores, que o bien se niegan o no logran presentar sus pruebas de maneras que satisfagan las demandas de unos medios de comunicación hambrientos de números y con déficit de atención. Pero si aceptamos que las representaciones simplistas y mecánicas de la vida económica han contribuido a nuestra crisis actual, entonces también debemos crear más espacios para representaciones matizadas y ambiguas de la realidad.  Curiosamente, esto ha sido aceptado en la teoría del management durante décadas, pero la política pública todavía se aferra a una visión maquinal del mundo.

En segundo lugar, buscaremos contribuciones que reflexionen críticamente sobre la relación entre las ciencias sociales y el Estado. Sociólogos como Marion Fourcade y Peter Wagner han escrito extensamente sobre la co-evolución de las ciencias sociales y las políticas públicas, mientras que Phillip Mirowski ha proporcionado brillantes estudios de la historia y los delirios de la economía. Académicos de las ciencias, como Michel Callon y Fabian Muniesa, ahora analizan la economía meramente como un facilitador de la actividad económica, en vez de como su representación. El Centro para la Investigación sobre el Cambio Socio-Cultural, CRESC, de la Universidad de Manchester ha publicado numerosos artículos sobre la crisis actual como una “debacle de élite”, en la cual determinados expertos fallaron en sus funciones públicas.

Pero, ¿cómo podrían hacerse las cosas de manera diferente? ¿Cómo podía debilitarse el dominio de la cosmovisión neo-clásica sobre la política pública (si es que debería hacerse)? ¿Cuáles son los precedentes históricos de formas de ciencias sociales más matizadas, sintonizadas con la cultura, siendo empleadas como base sobre la cual conformar la política pública y asesorar a los políticos? ¿Y cómo puede el entendimiento público del capitalismo ser promovido de formas que no se limiten a sustituir una explicación general (el maximizador racional) con otra (el cerebro)? ¿Puede revertirse la revolución marginal y recomponerse la economía política clásica?

Estas preguntas no son nuevas. Pero su urgencia se ve intensificada por la crisis actual. De todas las ciencias sociales, la economía ha demostrado ser políticamente la más útil—algunos podrían decir que políticamente maleable—pero su falta de realismo se ha convertido en un asunto crítico, con graves consecuencias económicas y políticas. La “Ineconomía” se hace necesaria para explorar formas alternativas de conocimiento experto y de asesoría y una base alternativa para el debate económico público.