El futuro aún es nuestro: autonomía y post-capitalismo

Por Mark Fisher

Publicado el 26 de marzo de 2012 en: http://autoitaliasoutheast.org/blog/news/2012/03/26/the-future-is-still-ours/

La reciente serie documental de Adam Curtis, All Watched Over By Machines Of Loving Grace [todo supervisado por máquinas de gracia amorosa], sostenía que los discursos de auto-organización, que habían sido previamente asociados con la contracultura, estaban ahora asimilados en la ideología dominante. La jerarquía era mala; las redes eran buenas. La organización en sí—considerada como sinónimo de “control de arriba abajo”—era opresiva e ineficiente. Es evidente que los argumentos de Curtis son elocuentes. Prácticamente todo el discurso político dominante mira con sospecha y escepticismo al Estado, la planificación y las posibilidades de cambio político organizado. Este discurso se integra en el marco ideológico que he llamado realismo capitalista: si el cambio sistémico nunca podrá producirse, lo único que podemos hacer es sacar el mejor partido del capitalismo.

No hay duda de que la derecha ha sido capaz de sacar provecho de identificar a la izquierda con una versión supuestamente superada de la política “de arriba hacia abajo”. El neoliberalismo impuso un modelo de tiempo histórico que sitúa a la centralización burocrática en el pasado, en contraposición con una “modernización” que es considerada como sinónimo de “flexibilidad” y “elección individual”. Más recientemente, la tan criticada idea de la Gran Sociedad resulta ser, de hecho, una versión de derechas del autonomismo. El trabajo de Phillip Blond, uno de los arquitectos del concepto de la “Gran Sociedad”, está saturado de la retórica de la auto-organización. En el informe “The Ownership State” [el estado de propiedad], que escribió para el think-tank ResPublica, Blond habla de “sistemas abiertos” que “reconocen que la incertidumbre y el cambio vuelven ineficaz al comando-y-control tradicional”. Mientras que las ideas de Blond han sido consideradas por muchos como una turbia justificación para la agenda de privatización neoliberal, el mismo Blond las emplaza como críticas del neoliberalismo. Blond señala una paradoja que yo también discuto en mi libro Capitalist Realism [realismo capitalista]: en vez de eliminar la burocracia, tal como prometió que lo haría, el neoliberalismo ha llevado a su proliferación. Dado que los servicios públicos no pueden funcionar como mercados “apropiados”, la imposición de la “solución de mercado” en la sanidad y la educación “genera una burocracia enorme y costosa de contadores, examinadores, inspectores, asesores y auditores, todos interesados en garantizar la calidad y asegurar el control que dificultan la innovación y la experimentación y que mantienen elevado su costo”. Tales sistemas, escribe Blond, son “orgánicos en lugar de mecanicistas y requieren de una mentalidad de gestión completamente diferente para dirigirlos. La estrategia y la retroalimentación de las acciones son más importantes que la planificación detallada (‘¡Fuego – listos – apunten!’ como escribió Tom Peters); las jerarquías dan paso a las redes; la periferia es tan importante como el centro; el interés propio y la competencia son equilibrados por la confianza y la cooperación; se requiere de la iniciativa y la inventiva en lugar de la obediencia; se eleva el nivel de inteligencia en vez de bajarlo”. Puesto que la derecha está ahora preparada para hablar en estos términos, resulta claro que las redes y los sistemas abiertos no son suficientes en sí mismos para salvarnos. Más bien, como Gilles Deleuze sostuvo en su crucial ensayo “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, las redes son simplemente el modo en que opera el poder en las sociedades de “control” que han reemplazado las viejas estructuras “disciplinarias”. 

¿Significa todo esto que las ideas de autonomía y auto-organización habrían de ser inevitablemente apropiadas por la derecha y que ya no ofrecen ningún potencial político para la izquierda? Definitivamente no—lejos de indicar cualquier deficiencia en las ideas autonomistas, la apropiación de estas ideas por la derecha muestra que siguen teniendo potencia—. Ver lo que está mal con la apropiación del autonomismo por parte de Blond y los de su calaña también nos dice algo acerca de cuál podría ser la diferencia entre la derecha y la izquierda en el futuro.

Curtis tiene razón en que la principal forma en la que las ideas autonomistas han sido neutralizadas es usándolas en contra de la idea misma de la organización política. Sin embargo, las teorías autonomistas siguen siendo fundamentales porque nos dan algunos recursos para la construcción de un modelo de lo que la organización política de izquierda puede ser en las condiciones post-fordistas de flexibilidad obligatoria, globalización y producción justo-a-tiempo. Ya no podemos tener ninguna duda de que las condiciones que hicieron surgir a la “vieja izquierda” se han derrumbado en el Norte global, pero debemos tener el coraje de no sentir nostalgia por el desaparecido mundo fordista del aburrido trabajo de la fábrica y un movimiento obrero dominado por trabajadores industriales varones. Tal como Antonio Negri ha planteado potentemente en una de las cartas recopiladas en el recientemente publicado Arte y multitud, “Tenemos que vivir y sufrir la derrota de la verdad, de nuestra verdad. Tenemos que destruir su representación, su continuidad, su memoria, su huella. Todos los subterfugios para evitar el reconocimiento de que la realidad ha cambiado, y con ella la verdad, tienen que ser rechazados. … La propia sangre de nuestras venas había sido sustituida”. A pesar de que se ha exagerado el cambio hacia el llamado trabajo “cognitivo”—sólo porque el trabajo implique hablar no significa que sea “cognitivo”; el trabajo de un teleoperador repitiendo mecánicamente las mismas frases rutinarias durante todo el día no es más “cognitivo” que el de alguien en una cadena de montaje—Antonio Negri tiene razón en que la liberación del trabajo industrial repetitivo sigue siendo una victoria. Sin embargo, como Christian Marazzi ha planteado, los trabajadores han sido como los judíos del Antiguo Testamento: liberados de la esclavitud de la fábrica fordista, ahora están varados en el desierto. Tal como Franco Berardi ha demostrado, el trabajo precario trae consigo nuevos tipos de miseria: la presión del estar siempre-presto que posibilita la tecnología de telecomunicaciones móviles significa que la jornada laboral ya no tiene fin. Una población siempre-presta vive en un estado de depresión insomne, incapaz de desconectar.

Pero lo que debe diferenciar a la izquierda de la derecha es un compromiso con la idea de que la liberación yace en el futuro, no el pasado. Tenemos que creer que el sistema de realidad neoliberal actualmente en colapso no es la única modernidad posible; sino que, por el contrario, es una forma de barbarie ciber-gótica, que utiliza la última tecnología para reforzar el poder de las más antiguas élites. Es posible que la tecnología y el trabajo sean organizados en formas completamente diferentes a cómo se configuran actualmente. Esta creencia en el futuro es nuestra ventaja sobre la derecha. Las instituciones en red de Phillip Blond pueden tener un brillo cibernético, pero él sostiene que deben estar situadas en un entorno social que está re-dedicado a los “valores tradicionales” que provienen de la religión y la familia. Muy por el contrario, tenemos que celebrar la desintegración de estos “valores” como la necesaria condición previa para nuevos tipos de solidaridad. Esta solidaridad no va a surgir automáticamente. Necesitará de la invención de nuevos tipos de instituciones, así como de la transformación de los viejos organismos, como los sindicatos. “Una de las cuestiones más importantes”, escribió Deleuze en el ensayo sobre “Control”, “será la tocante a la ineptitud de los sindicatos: atados a la totalidad de su historia de lucha contra las disciplinas o al interior de los ámbitos de encierro, ¿lograrán adaptarse o cederán el paso a nuevas formas de resistencia frente a las sociedades de control? ¿Podemos ya distinguir los contornos borrosos de las formas que vienen, capaces de intimidar a los placeres del marketing?” Tal vez los rasgos de ese futuro pueden verse en América Latina, donde los gobiernos de izquierda facilitan los colectivos gestionados por trabajadores. La cuestión ya no es abandonar el estado, el gobierno o la planificación, sino hacerlas parte de los nuevos sistemas de retroalimentación que se han de basarse en la inteligencia colectiva—y constituirla—. Un movimiento que puede sustituir al capitalismo global no necesita centralización, pero sí requerirá de la coordinación. ¿Qué forma adoptará esta coordinación? ¿Cómo pueden las distintas luchas autónomas trabajar juntas? Estas son las preguntas cruciales que debemos hacernos mientras comenzamos a construir el mundo post-capitalista.