Occupy y la primavera árabe continuarán revitalizando la protesta política

Por Simon Critchley

Publicado el 22 de marzo de 2012, en: http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2012/mar/22/occupy-arab-spring-political-protest

 

La primavera árabe, especialmente en Egipto y Siria, parece estar perdiendo fuerza. El vivaz impulso del movimiento Occupy se ha debilitado y no resulta claro qué nueva vida surgirá. ¿Puede la protesta popular recuperar su energía e inspiración, o eso ha sido todo?

En lugar de refugiarnos en la comodidad de la desesperación o del cinismo, tal vez este sea un momento en el que podemos tratar de obtener una perspectiva más amplia de las cosas.

El poder es la capacidad de hacer que las cosas se hagan. La política es el medio para conseguir que dichas cosas se hagan. La democracia es el nombre de los regímenes que creen que el poder y la política coinciden y que el poder reside en el pueblo. El problema, como Zygmunt Bauman nos lo ha recordado, es que el poder y la política se han divorciado. Lo que llamamos democracia se ha convertido en una farsa. El poder se ha evaporado en los espacios supranacionales de las plataformas de las finanzas, el comercio y la información pero también en los espacios del tráfico de drogas, la trata de personas y la inmigración—los muchos barcos que cruzan el Mediterráneo y otros mares—.

Sin embargo, el espacio de la política sigue siendo el mismo que ha sido durante siglos, localizado en el estado-nación, con sus variaciones prosaicas de democracia representativa, liberal. La política todavía se siente local—podemos sentirnos británicos o griegos o lo que sea—pero no lo es. La política normal del estado simplemente sirve a los intereses de los poderes supranacionales. La soberanía ha sido subcontratada.

La premisa de la democracia representativa occidental es la siguiente: los ciudadanos ejercen el poder político a través del voto; los representantes son elegidos; se forman los gobiernos y estos gobiernos tienen el poder para que las cosas se hagan, un poder idéntico a la voluntad del pueblo.

La creencia que muchos de nosotros tuvimos (o quizás aún tenemos) es que si trabajamos para un determinado partido, entonces podemos ganar unas elecciones, formar un gobierno y tener el poder para cambiar las cosas. Pero todos los días se demuestra que es una creencia errónea.

Tomemos Grecia, donde el pasado noviembre, el ex primer ministro George Papandreou tuvo la idea de celebrar un referéndum para ratificar un acuerdo de rescate de la zona del euro negociado en una cumbre de la UE en Niza. Fue un tipo de gesto democrático más bien pasado de moda. Por supuesto, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy se horrorizaron porque sabían que ese referéndum popular revelaba un profundo malentendido acerca de la naturaleza de la realidad política contemporánea. El poder contemporáneo no es el pueblo y no se encuentra en los gobiernos locales o nacionales. Se encuentra en otro lugar, con el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y los intereses de varias instituciones financieras a los que los Estados europeos sirven. ¿Cómo Papandreou pudo ser tan ingenuo?

En Grecia e Italia tenemos ahora gobiernos no-electos de tecnócratas y tenemos tecnócratas electos en otros lugares. En este momento de la historia, la democracia liberal representativa no es más que una especie de canto-de-pájaro ideológico. La política no tiene poder. Sirve al poder. Y el poder es supra-político y está fuera del alcance de los ciudadanos comunes.

El estado ha sido eviscerado, desacreditado, su calificación de crédito ha sido mutilada. Grecia es sólo un ejemplo un poco más extremo de la situación en los EE.UU., donde yo vivo, y en otros lugares, Gran Bretaña, por ejemplo. El estado está en un estado.

Entonces, ¿qué hemos de hacer? La respuesta es sorprendentemente simple. Tenemos que recuperar la política de las manos de la clase política a través de la confrontación con el poder del capital financiero y el status quo internacional—la gente que, hace poco más de un año, insistía que el gobierno egipcio era estable—. Lo que resultaba tan admirable acerca de los diversos movimientos sociales que con tanta ligereza llamamos “la primavera árabe” era su intención valiente de recobrar la autonomía y la autodeterminación política.

Los manifestantes en la plaza Tahrir se negaron a vivir en las dictaduras apuntaladas para servir a los intereses del capital occidental y de las élites locales corruptas. Querían reclamar la propiedad de los medios de producción, por ejemplo a través de la nacionalización de las industrias estatales más importantes. Los diversos movimientos en el norte de África y Oriente Medio aún tienen por objetivo una cosa: la autonomía. Exigen la propiedad colectiva de los lugares donde uno vive, trabaja, piensa y juega. Este es el objetivo más clásico y básico de la política.

El movimiento Occupy es fascinante desde el punto de vista de la separación de la política y el poder. Haber estado con los manifestantes de Occupy cuando resonaron las proclamas “esto que ves es la democracia” fue realmente poderoso, como también lo fue la forma en que pacíficamente llevaban a cabo las asambleas generales, de forma horizontal y no-coercitiva.

El movimiento trató de rehacer la democracia directa, con una mezcla de lo viejo—conceptos tales como el de asamblea, consenso y autonomía—y lo nuevo, con “feeds” de Twitter y manifestaciones móviles organizadas a través de servicios de mensajería. Ha producido un período de creatividad política masiva.

Es importante recordar que la separación entre la política y el poder no ocurrió por casualidad o a través del movimiento casi automático del capitalismo. Ocurrió con la connivencia de generaciones de políticos, como Tony Blair, quienes acogieron el capitalismo de libre mercado como motor de crecimiento y de beneficio personal. Ello ha llevado a una situación en la que el estado y toda la clase política están desacreditados.

Occupy es el devenir-consciente de una profunda insatisfacción con la política normal, particularmente entre los jóvenes. Y tal vez sea el fenómeno de la juventud politizadaza, radicalizada—luego de dos décadas de ironía posmoderna y poses de sabiduría hipster—lo que resulta tan sorprendente y emocionante. 

La verdadera política requiere por lo menos dos elementos: primeo, una demanda, lo que yo llamo una demanda infinita que emana de la percepción de una injusticia; segundo, un lugar donde la demanda sea articulada. No hay política sin ubicación.

Si el Estado-nación o la esfera supranacional no es un lugar para la política, entonces la tarea es crear un lugar. Esta es la lógica de la ocupación. La protesta Occupy Wall Street en el Parque Zuccotti nos enseñó eso. De lo contrario, estamos condenados a la abstracción de la manifestación y la protesta. La otra cosa que nos ha enseñado es el carácter impredecible de la ubicación.

No está claro cómo se desarrollarán los diferentes elementos del movimiento Occupy. Pero sin duda lo harán—el genio de la protesta popular no puede ser puesto de nuevo en su botella—. Pero lo que requiere es un lugar o, mejor, una red de lugares interconectados.

Entonces, ¿cuál es la siguiente ubicación? ¿Dónde ocupar la próxima vez? Los viejos como yo no deberíamos ir dando consejo pero una ocupación masiva de las sedes olímpicas en Londres, con el fin de detener el espantoso y triste patrioterismo de todo ese tedioso espectáculo, no estaría nada mal.