Gráfico Social vs. Clase Social.

Por Rob Horning

Publicado el 23 de marzo, 2012 en: http://thenewinquiry.com/blogs/marginal-utility/social-graph-vs-social-class/

He odiado el término gráfico social desde que Facebook se apoderó de él en 2007 para tratar de legitimar e intelectualizar su proyecto de subsumir la vida social de la gente. Pero resulta que el término, que describe el mapa de conexiones sostenidas por una red, puede ser útil para establecer una distinción entre el tipo de organización social que los social media refuerzan y los análisis basados en la clase social que buscan impedir.

Los social media evidentemente respaldan la visión de la sociedad como una red en la que los “nodos” individuales se definen a sí mismos (y a su valor) en términos de su diferencia de otros nodos. El valor de cada individuo yace en desarrollar y expresar esa diferencia, hallando una ventaja comparativa en relación con los demás. Tiene que haber algo único que tú proveas para hacerte digno de ser “linkeado”, aunque dicha singularidad pueda consistir en el acceso singular que proporcionas a un montón de otras personas, así como la información singular que estás en condiciones de suministrar. En cualquier caso, establecer conexiones a otros sirve para difundir el conocimiento de esa diferencia, lo que significa que las relaciones delineadas en esa red (también conocidas como el gráfico social) trazan líneas de competencia, así como de mera afiliación.

Las conexiones entre las personas no son uniformemente recíprocas; la atención y la información que fluye a lo largo del vínculo entre las personas no es pareja o equilibrada. Algunos son seguidores [NdT: “followers” en inglés], algunos son seguidos. Algunos ganan valor de sus conexiones, dada su ubicación en la sociedad, para hacer un uso rentable de lo que recogen de la red, mientras que de otros se puede sacar relativa ventaja gracias a sus conexiones, pues ceden información valiosa (posiblemente sin darse cuenta) mientras que cosechan pocos beneficios. Las redes permiten la apropiación tanto como la cooperación.

Todo esto significa que los individuos en la red encaran una situación táctica continua. Se encuentran bajo presión para innovar constantemente la naturaleza de su identidad en la red, para encontrar nuevas ventajas, inventar nuevas diferencias y propagar nuevas bases para la forma en que pueden ser evaluados en su propio beneficio y nuevas jerarquías implícitas a dominar (por ejemplo, “Yo soy la persona con el blog más cool de versiones pirata de Deep Purple”; “Yo soy el más rápido en ‘retweetear’ ese post”; “Yo inventé un meme que combina pasajes de Deleuze con fotos de Rihanna”; etc.). También necesitan asegurarse de que están estableciendo el tipo correcto de conexión y que están gestionándolas apropiadamente de tal modo que acumulen parte o la totalidad de su valor. Dada la naturaleza del valor de la comunicación y del tipo de innovación consumista que se da en la manipulación del lenguaje y los símbolos (haciendo memes, inventando estilos, etc.), el valor de la viralidad (o de la moda o de la novedad o como quieras llamarlo) está siendo producido constantemente en las redes, pero no está siendo capturado con tanta facilidad.

Las redes incuban el trabajo inmaterial y el virtuosismo Virnoesco, en el que la gente “actúa sus propias facultades lingüísticas” para crear valor social. Las redes pueden circular ese valor que, a su vez, es un tipo de proceso productivo que agrega más valor. Pero las redes disfrazan la agencia; la producción colectiva de valor a través de efectos-de-red y similares hace que sea difícil determinar si alguna persona involucrada en los procesos (que son continuos, especialmente con los smartphones haciendo las veces de recolectores de trabajo inmaterial) está siendo explotada.

Básicamente tenemos que hacer conexiones basadas en un semblante de confianza (“no voy a explotar lo que me cuentas; voy a repartir las ganancias que obtengo de lo que tú compartes”), lo que hace que cada vínculo sea un dilema del prisionero. Las normas sociales se ven obligadas a soportar gran parte de la carga de mantener la confianza en ese entorno, aún cuando la estructura de la red—que resalta la independencia de cada miembro, negando la posibilidad de la identidad colectiva—opera en contra de ellas.

Alrededor de los bordes de nuestras redes sociales la confianza se desteje, pero no sabemos dónde está esa línea donde la conexión ya no es entre “amigos” sino entre competidores. 

Esta interpretación de cómo está organizada la sociedad—aquella que cualquier cosa que el mundo tecnológico etiquete como “social” ayuda a mantener—impide una interpretación que reconozca la posibilidad de la clase, de los grupos concretos que trabajan para construir intereses compartidos y luego usarlos como la base para forzar concesiones del capital. En la red, estás por tu cuenta; su ideología sugiere que todos somos igualmente puntos en el gran gráfico social, no nos diferenciamos de ninguna otra persona excepto por el trabajo que dedicamos al establecimiento de conexiones. Esto elude las cuestiones del capital social pre-existente y el habitus de clase que facilitan la formación de mejores conexiones y la capacidad de cosechar su valor en lugar de ser explotados por ellas.

Dado que el gráfico social traza constelaciones complejas que siempre están volviéndose cada vez más complejas, interpretar y trazar los patrones subyacentes relevantes requiere de un poder masivo de computadoras y de algoritmos complejos. Por lo general, sólo el capital tiene los recursos para convocar tal poder, por lo que los puntos en común extraídos mediante tales análisis de los datos de la red son los comerciales. Los minoristas pueden averiguar en que patrón demográfico y de estilo de vida encajas, ya sea que lo sepas o no, y luego hacerte blanco de una publicidad que refuerza tu pertenencia y se aprovecha de ella. (El tercer episodio de The Century of the Self [El siglo del yo] de Adam Curtis tiene una sección sobre las raíces de esto en el análisis de Valores y Estilos de Vida diseñado en Stanford en la década de 1970.)

Pero para forjar una clase social se requiere un tipo de trabajo diferente, suscitado por una concepción diferente de la sociedad, basada en los antagonismos entre bloques (y las luchas en curso que requieren estrategias a largo plazo), y no los antagonismos entre individuos (cuyas escaramuzas espontáneas requieren tácticas más o menos ad hoc). Piénsese en The Making of the English Working Class [La formación de la clase trabajadora inglesa] de E.P. Thompson, que trata la clase, no como un artefacto estadístico, sino como algo que está igualmente forjado deliberadamente por sus miembros, como lo está atribuida por fuerzas externas. El gráfico social pretende registrar pasivamente los acuerdos sociales que emergen orgánicamente y, por lo tanto, reflejar algún tipo de recuento real y fidedigno de cómo funciona la sociedad. Esa concepción desalienta la posibilidad de que aquellos representados en el gráfico formen una clase social. Los usuarios de los social media no sacan ventaja de su interconexión para emprender la labor de encontrar las bases por las que puedan ver sus preocupaciones como algo compartido, siendo en algún modo equivalentes. En vez, su interconexión les impulsa a acicalarse en busca de atención y para mejorar su marca personal. Hay que trabajar contra la corriente de los social media para usarlos para desarrollar grupos políticos duraderos y convincentes.

He hecho este esquema de red vs. clase, principalmente a partir del capítulo 5 de El nuevo espíritu del capitalismo de Boltanski y Chiapello, “El debilitamiento de las defensas del  mundo del trabajo”, que rastrea cómo las proposiciones ideológicas del neoliberalismo acerca de la flexibilidad y la autonomía trajeron la de-sindicalización e incapacitaron la fuerza de la crítica. Boltanski y Chiapello afirman que en las crisis que el capitalismo enfrentó desde 1968 hasta comienzos de la década de 1980, la “crítica artística” (que enfatiza la autonomía de los trabajadores y la creatividad en el puesto de trabajo) se impuso a la “crítica social” (que enfatiza la justicia y la mitigación de las desigualdades), llevando a la aceptación de las reformas neoliberales como potencialmente liberadoras, como un progreso defendible (y no como el desmantelamiento de las normas de seguridad económica). (Boltanski y Chiapello enumeran la autonomía, la autenticidad, la creatividad, la liberación) La otrora legítima crítica artística fue rehabilitada por el nuevo espíritu del capitalismo y quienes persistieron en la búsqueda de los principios de la crítica artística se convirtieron en hipsters antes que en críticos sociales. Ese modo de resistencia se convirtió, en vez, en un modo empresarial de imprimir un sello de marca personal.

La recuperación de la crítica artística por el capitalismo no trajo consigo una transferencia a la crítica social, que, como hemos visto, en sí misma estaba en crisis. La mayoría de los intelectuales no le dieron importancia alguna y continuaron exhibiendo las señas (sobre todo en el vestir) de una oposición al mundo de los negocios y la empresa y considerando transgresoras unas posiciones morales y estéticas que estaban ahora incorporadas a las mercancías y ofrecidas sin restricciones para el público en general. El tipo de inquietud que esta mala fe más o menos consciente estaba destinada a provocar encontró una válvula de escape en la crítica a los medios de comunicación y la mediatización como la des-realización y la falsificación de un mundo en el que seguían siendo los guardianes exclusivos de la autenticidad.

El espacio que la crítica artística otrora había abierto para el conflicto fue reclamado por el consumismo y el conflicto fue desplazado, en vez, a una batalla intestina políticamente impotente sobre a quién se le permite ser auténtico. Los emprendedores culturales de mala fe son simultáneamente sus propios críticos (los hipsters son los arquetípicos anti-hipsters) y cuando no están acusándose unos a otros, denuncian la existencia de los medios de comunicación que permiten que la inautenticidad florezca. Con los social media, la autenticidad a posteriori es aún más irrelevante ya que la identidad se construye y se revisa en tiempo real y ya no es concebida como un contenido único, imbuido en el ego por Dios o algo así, sino que es una cuestión del lugar del individuo en la red, el cual está en proceso de evolución. La identidad es tanto el contenido como las conexiones del nodo singular. Una forma de resistencia construida en torno una supuesta base de autenticidad perdida sólo pone de manifiesto las prerrogativas y los privilegios entre los resistentes, quienes quieren controlar el valor de la identidad (fijarla) en lugar de estar sometidos a su fluidez (y el interminable esfuerzo que engendra).

El neoliberalismo generalmente ha procedido disfrazando el antagonismo de clase, reemplazando la existencia de clases conflictivas por individuos que luchan contra otros individuos, ya sea por cuestiones de gusto o por mayores cualificaciones de empleo. El neoliberalismo nos invitó, nos dio la libertad para pensar que todo el mundo es predeterminadamente de clase media; cualquier esfuerzo que se aplicó a la construcción de la solidaridad de clase trabajadora, “estableciendo la equivalencia” entre personas diferentes para que pudieran participar en las luchas comunes, se ha perdido. En su lugar, hemos logrado ser egos idiosincrásicos singulares con talentos especiales únicos y nuestro principal problema político es conseguir que ese carácter especial sea debidamente reconocido. “¡Que alguien me diga lo auténtico que soy, joder!” Y consecuentemente, todos debemos negociar nuestros salarios de forma individual; no hay razón para estar sindicalizados. Todo se trata acerca del capital social y cultural, acerca de tu capital humano. Todos somos capitalistas, al fin.

¿El resultado de todo eso?

Las oportunidades ofrecidas para el florecimiento del ego vinieron junto con la exclusión de aquellos individuos o grupos que no poseían los recursos necesarios para aprovechar esas oportunidades y, en consecuencia, con un aumento de la pobreza y la desigualdad.

Creo que a eso es a lo que apunta Freddie deBoer, desde un ángulo mucho más personal, en este post.

Al igual que la ideología neoliberal y las técnicas de management post-fordistas, los social media trabajan para “restablecer la relevancia de las particularidades” y “construir un mundo sensible a las diferencias”, para usar las frases de Boltanski y Chiapello. Esto produce un “universo confuso, fragmentado, compuesto únicamente de una yuxtaposición de destinos individuales”. Todos bregamos para salir adelante personalmente pero nunca nos unimos de una manera políticamente significativa. El 99% se disuelve y todo lo que se comparte son estados, fotos y tweets. Y todo sigue siendo una puta mierda.