El colapso del sentido común

Por Dan Hind

Publicado el 14 de marzo 2012 en: http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/2012/03/201231385059362236.html?utm_content=automateplus&utm_campaign=Trial6&utm_source=SocialFlow&utm_medium=MasterAccount&utm_term=tweets

El sentido común que nos rigió durante una generación ha colapsado. Vivimos en tiempos revolucionarios, nos guste o no.

El sentido común es la suma de aquello que no tenemos que demostrar o probar, de lo que podemos dar por sentado. Dos más dos son cuatro. El agua es húmeda. La tierra gira alrededor del sol. El sentido común nos parece perpetuo y ajeno a la controversia. El sentido común es lo que hemos acordado; marca los límites de la controversia aceptable. Es donde vivimos.

Aunque se supone que el sentido común es imperecedero, cambia continuamente. Todo el mundo sabe que el sol es el centro del sistema solar y que siempre lo ha sido. Pero sólo hace unos cuantos siglos dicha idea era peligrosamente polémica. Los proverbios preservan, como si en ámbar, las reivindicaciones de sentido común que hace tiempo desaparecieron de la cultura en general. “La letra con sangre entra” fue alguna vez un principio auto-evidente en la educación de los niños. Un antiguo refrán francés sostenía que “siempre y cuando un hombre tenga sensatez, debe confesar que existe un Dios”. Hoy hay muchos que afirmarían rotundamente lo contrario. 

En la segunda mitad del siglo XVIII todavía era de sentido común creer que las sociedades sin reyes descenderían al caos sin ley. Tom Paine se dedicó a destruir esa idea en febrero de 1776. El éxito de su panfleto “Sentido Común” ayudó a preparar a las colonias norteamericanas para la Declaración de Independencia en julio del mismo año. Los cambios a la constitución del sentido común son precursores necesarios a los cambios en la organización de la sociedad. Nada puede ser desterrado mientras que la mayoría lo considere inevitable o natural, pero nada puede sobrevivir mucho tiempo si se considera absurdo. 

Cada época ha actuado como si aquello en que creía fuese un perfecto reflejo de la realidad, y cada época ha creído cosas que luego resultaron ser erróneas. No hemos sido diferentes. Nuestro sentido común ha sido la mezcla usual de cosas que son obviamente ciertas y cosas que parecen obviamente ciertas hasta que se ven risiblemente falsas. En el 2007, el sentido común que había gobernado nuestro entendimiento de la política y la economía durante una generación comenzó a desmoronarse.

Nos habían dicho que las instituciones financieras funcionaban mejor cuando se les dejaba regularse por sí mismas. Nos habían dicho que las recompensas fabulosas que disfrutan unos pocos eran un justo reflejo de su energía y talento. En el curso de poco más de un año descubrimos que, de hecho, los bancos no-regulados asumen riesgos que ponen en peligro a la propia economía global, y que los salarios y las bonificaciones de los banqueros reflejan nada más que su imprudencia y su codicia. 

Para cuando llegó el desastre, el establishment gubernamental se encontraba casi cómicamente desprevenido. En mayo de 2005, Tim Geithner, el hombre que se convertiría en Secretario del Tesoro de Obama, aseguró no había “ninguna señal de un impacto macroeconómico en el horizonte”. En 2007, el actual Presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, dijo al Congreso que los problemas en el así llamado mercado hipotecario sub-prime no constituían “una gran preocupación financiera o un factor importante en la evaluación del rumbo de la economía”. Sólo unos meses más tarde, la morosidad en este mismo sector desencadenó una crisis financiera que a su vez descarriló la economía en general. 

Aún estamos intentando asimilar la escala del colapso y el daño que le hizo a la credibilidad de los expertos que dirigían las cosas. Casi todos en una posición de poder y prestigio estaban profundamente equivocados acerca de casi todo lo que importaba.

Desde entonces la vida pública ha continuado básicamente de la misma manera. Las mismas personas que nos llevaron al desastre todavía están a cargo de la política económica. Las mismas personas que las animaron a seguir ofrecen sus conocimientos expertos en la televisión y la radio. Los políticos y los comentaristas usan sus considerables poderes de persuasión para asegurarnos de que nadie podría haberlo sabido. Los gobiernos aún apuntalan a los bancos y observan impasibles mientras los banqueros se pagan generosos bonos a sí mismos con dinero público. Todos actúan como si su pasmoso fracaso no fuese tal, y esperan que no nos demos cuenta. 

Es una actuación magistral, pero no es más que eso. La gente sabe que el viejo sentido común se ha estropeado. Estamos empezando a darnos cuenta de que no podemos dejar que los ricos y los poderosos improvisen uno nuevo. Las ocupaciones y asambleas del año pasado fueron el comienzo de un intento por descubrir el mundo después de largos años de hechizo.

Fueron sólo la primera escaramuza en una lucha mucho más larga para reformar nuestras sociedades. Si hemos de tener éxito, tenemos mucho que aprender de esas ocupaciones. Sólo la libre expresión entre iguales puede descubrir un sentido común digno de tal nombre. Es el único medio por el cual podemos desenmascarar al experto que está al servicio de la riqueza antes que de la razón, es la única manera de acallar el estruendo del dinero. 

En 1776, la invocación de Paine al sentido común ayudó a poner fin a la dominación británica en las colonias norteamericanas. Él fue capaz de demostrar a los norteamericanos lo que ya sabían, que vivir como los súbditos indefensos de un rey lejano era tan insoportable como absurdo. Ya sabemos que el mundo financiero se ha convertido en un tirano y que el conocimiento experto se ha convertido en un timo. Quizás este año declaremos nuestra independencia de ambos.