En la protesta, el poder del lugar

Michael Kimmelman, crítico de arquitectura del New York Times 

Texto original publicado el 15 de octubre de 2011 en: http://www.nytimes.com/2011/10/16/sunday-review/wall-street-protest-shows-power-of-place.html?_r=3&pagewanted=all&ncid=edlinkusaolp00000008

El creciente movimiento Occupy Wall Street, con campamentos ya no sólo en el Bajo Manhattan, sino también en Washington, Londres y otras ciudades, demuestra, entre otras cosas, que por muy instrumentales que se hayan vuelto los nuevos medios en la difusión de la protesta hoy en día, nada sustituye a las personas que toman las calles. 

Otro recordatorio llegó la semana pasada cuando el propietario del parque Zuccotti, donde se han establecido los manifestantes en la ciudad de Nueva York, retiró a último minuto una solicitud de ayuda a la policía en la limpieza del parque. Esto evitó, al menos temporalmente, una confrontación ante los medios de comunicación globales en torno a algo que los manifestantes consideran sólo un pretexto para desalojarlos.

Hemos tendido a subestimar el poder político de los lugares físicos. Y luego aparece la plaza Tahrir. Ahora es el parque Zuccotti, que hasta hace cuatro semanas era una plaza desconocida del tamaño de una manzana, con unos pocos árboles y bancos de hormigón, a la vuelta de la esquina de la zona cero y dos calles al norte de Wall Street con Broadway. Unos cientos de personas con ponchos y sacos de dormir lo han puesto en el mapa.

Kent State, la plaza de Tiananmen, el Muro de Berlín: claramente utilizamos locales, edificios, arquitectura para albergar nuestros recuerdos y energía política. La política perturba nuestras conciencias. Pero los lugares acechan nuestra imaginación.

Así que entramos a Facebook y Twitter, pero peregrinamos a Antietam, Auschwitz o a la Acrópolis para contemplar los escombros de los días de Pericles y Aristóteles.

El otro día, de entre todas las personas, pensaba en Aristóteles mientras veía a los manifestantes del parque Zuccotti sostener una de sus “asambleas generales”. En su “Política”, Aristóteles sostenía que el tamaño de la polis ideal se extendía hasta los límites del grito de un heraldo. Él creía que la voz humana estaba directamente relacionada con el orden cívico. Una ciudadanía sana en una ciudad apropiada requería de la conversación cara a cara.

Ocurre que, casi al inicio de la protesta, la prohibición policial del uso de los megáfonos en el parque Zuccotti obligó a los manifestantes a hallar una alternativa. Las “pruebas de micrófono” se convirtieron en el método consensuado para trasmitir los anuncios, difundidos entre la multitud por gente repitiendo, frase a frase, lo que un orador había dicho a los demás a su alrededor, incitando a todos, por así decirlo, a hablar con una sola voz. Es como el viejo juego del teléfono y es extremadamente lento.

“Pero la democracia también lo es”, tal como me lo planteó Jay Gaussoin, un actor y carpintero desempleado de 46 años de edad. “Estamos tan distraídos hoy en día, la gente ha olvidado cómo enfocarse. Pero la ‘prueba de micrófono’ exige no sólo que oigamos las opiniones de otras personas, sino que realmente escuchemos lo que están diciendo, porque tenemos que repetir sus palabras exactamente.

“Se requiere una arquitectura de la conciencia”, fue la acertada frase del Sr. Gaussoin.

Si bien por la mañana temprano, cuando los manifestantes están recién saliendo de sus sacos de dormir, puede parecer a simple vista un campo de refugiados, de hecho el parque Zuccotti se ha convertido en una polis en miniatura, una pequeña ciudad en proceso de formarse. Que además se trate de un parque privado constituye uno de los subtextos más reveladores de la historia. Anteriormente conocido como Liberty Park, el lugar fue rebautizado en 2006 en homenaje a John E. Zuccotti, presidente de Brookfield Office Properties, dueña del parque. Una variación de zonificación otorgada a Brookfield hace años requiere que el parque permanezca abierto día y noche, a diferencia de un parque público de propiedad de la ciudad.

De forma inesperada, esta peculiaridad de la ley de zonificación ha puesto de relieve la ruina de mucho de lo que en el último par de generaciones ha pasado por espacio público en los Estados Unidos. En su mayor parte se trata de gestos simbólicos de los promotores a cambio de levantar edificios más grandes, más altos. Piense en el atrio de la torre IBM en la avenida Madison y un sinnúmero de otros lugares como ese: espacios “públicos” que realmente no son públicos, sino cuasi-públicos, controlados por sus propietarios. En principio, Zuccotti está sujeto a las normas de Brookfield que prohíben carpas, sacos de dormir y el almacenamiento de bienes personales en el lugar. Toda la situación ilustra hasta qué punto hemos permitido que el antiguo ideal cívico del espacio público derive de un espacio de expresión y reuniones públicas (Speakers’ Corner en Hyde Park, en Londres, por ejemplo) a una concesión comercial (el vestíbulo del Time Warner Center ).

Al vivir en Europa durante los últimos años, me he topado a menudo con parques y plazas, en Barcelona y Madrid, Atenas y Milán, París y Roma, ocupadas por comunidades de manifestantes en tiendas de campaña. La protesta y la reunión públicas son parte del pacto social europeo. Tal vez la diferencia con los Estados Unidos tiene algo que ver con nuestras viejas obsesiones con los automóviles y la autonomía, con nuestra predilección por el aislamiento, o nuestra preferencia por sólo ver, más que participar.

En Europa, las protestas fueron acerca de los trabajos, las retracciones gubernamentales y la deuda pública. Que el mensaje de los ocupantes del parque Zuccotti sea un tanto difuso no es el tema. El campamento en sí mismo se ha convertido en el tema.

“Venimos a tener la sensación de ser parte de una comunidad más amplia”, dijo Brian Pickett, un profesor adjunto de teatro y expresión en la City University de Nueva York, de 33 años de edad. Lo encontré sentado la semana pasada entre las ordenadas pilas de sacos de dormir en un rincón del parque. “Es importante ver esto en el contexto actual de alienación. Hacemos lo del Facebook solos. Pero aquí la gente no está sola”.

Y como resultado, los manifestantes también se revelan los unos/as a los otros/as. Los egipcios describieron este fenómeno en la plaza Tahrir. Los miembros del Tea Party han hablado de ello, también. Los manifestantes no sólo muestran al mundo una masa de gente. Ellos descubren sus propios números—personas con preocupaciones similares, si no idénticas. Imagínese el parque Zuccotti, me dijo uno de los manifestantes, como un diagrama de Venn de personajes que representan diferentes desencantos políticos y económicos. El parque es donde se superponen sus quejas. Es, literalmente, un terreno común.

Y, al ver a la multitud unirse durante varios días, fue obvio para mí que el consenso emerge urbanísticamente, lo que significa que los manifestantes, que han desarrollado su propia forma de gobierno sin líderes para mantener la paz, encuentran la unidad en la comunidad. El proceso de gobierno que elijan es en sí mismo un mensaje fundamental de la protesta.

Ésta produce los contornos de una ciudad, como ya he dicho. Los manifestantes han implementado una cocina, para servir comida, un servicio jurídico y un departamento de sanidad, una biblioteca de libros donados, una zona donde la asamblea general se reúne, un puesto de primeros auxilios, un centro de medios donde la gente puede recargar sus computadoras con generadores portátiles, e incluso un bazar general, llamado el centro del confort, provisto de ropa donada, ropa de cama, pasta de dientes y desodorante—que al igual que la comida, están gratuitamente disponibles.

Ahí es donde encontré a Sophie Theriault la otra mañana, clasificando montones de pantalones y camisas recién llegadas. Una agricultora orgánica de Vermont, con 21 años y voz suave, ella ya había pasado muchos días y noches trabajando como voluntaria. “Puede que no todos hayamos llegado aquí exactamente con los mismos problemas en mente”, me dijo, “pero el compartir este parque día tras día, noche tras noche, es una oportunidad para que descubramos nuestros mutuos intereses”.

En ese momento, un adolescente en vaqueros ajustados y una camiseta sin mangas comenzó a curiosear entre montones de abrigos. “Estoy buscando algo para entrar en calor”, murmuró.

“Eso se ve bien”, dijo la Sra. Theriaul de una chaqueta de invierno de poliéster, con una capucha forrada de piel sintética, que el joven parecía estar considerando.

“No tan caliente”, respondió él, e hizo un gesto señalando un par de calcetines, que la Sra. Theriault entregó antes de volver al tema de conversación: “Nos reunimos cada noche para hablar acerca de cómo mantener este lugar limpio y sobrio, para mantenerlo como un espacio emocional y físicamente seguro para todos. El consenso construye comunidad”.

Patrick Metzger, un ingeniero de sonido y compositor de 23 años de edad, hizo eco de la idea: “A partir de los mensajes puestos en Internet, no se obtiene información sobre la raza, clase, edad—quiénes son realmente las personas.  Fox News habla de excéntricos y del populacho. Pero puedes ver lo complicada que es la mezcla en realidad: los estudiantes y las personas mayores, padres con las familias, trabajadores de la construcción en su hora de almuerzo, ejecutivos desempleados de Wall Street”.

De acuerdo, algunos excéntricos también, como en cualquier mitin político. Pero el Sr. Metzger está en lo cierto. La diversidad de los manifestantes, al menos durante el día, es intrínseca a la resiliencia de la protesta. Desde el 11 de septiembre de 2001 no había tanta gente preguntando sobre lugar alguno de Manhattan: “¿Has estado allí?” “¿Lo has visto?”. La ocupación del mundo virtual junto con la del parque Zuccotti esta impulsando conjuntamente, por supuesto, el movimiento Occupy Wall Street, y ninguna sería igual de efectiva sin la otra.

Dicho esto, es sobre el terreno donde los manifestantes están construyendo una arquitectura de la conciencia.