Artículo original publicado en The Guardian, el 3 de febrero, 2011.

http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2011/feb/03/communism-capitalism-socialism-property

La crisis financiera que explotó en otoño de 2008 ha reconfigurado las perspectivas dominantes sobre el capitalismo y el socialismo. Hasta hace poco, cualquier crítica a las estrategias neoliberales de desregulación, privatización y reducción de las estructuras del bienestar – sin mencionar al capital mismo – era presentada en los medios dominantes como un disparate. Sin embargo, a comienzos de 2009, Newsweek proclamó en su cubierta, de forma solo parcialmente irónica, “Todos somos socialistas ahora”. El dominio del capital estaba súbitamente abierto al cuestionamiento, desde la izquierda y la derecha y, por lo menos durante un tiempo, cierta forma de regulación y administración estatal keynesiana o socialista parece inevitable.  

No obstante, necesitamos ver más allá de esta alternativa. Demasiado frecuentemente parece que nuestras únicas opciones son el capitalismo o el socialismo, el régimen de la propiedad privada o el de la propiedad pública, de forma tal que la única cura para los males del control del estado es privatizar y para los males del capital, hacer público, es decir, ejercer regulación estatal. Necesitamos explorar otra posibilidad: ni la propiedad privada del capitalismo ni la propiedad pública del socialismo, sino lo común en el comunismo.

Muchos conceptos centrales de nuestro vocabulario político, incluyendo los términos comunismo, democracia y libertad, se han corrompido tanto que resultan casi inutilizables. De hecho, en su uso corriente, la palabra comunismo ha terminado significando su opuesto, esto es, el completo control del estado de la vida económica y social. Por supuesto que podríamos abandonar estos términos e inventar nuevos, pero ello supondría dejar de lado la larga historia de luchas, sueños y aspiraciones entrelazadas a ellos. Pienso que es mejor luchar por los conceptos mismos para restaurar o renovar su significado.

Una de las razones por las que las hipótesis comunistas de las eras previas ya no son válidas es que la composición del capital, así como las condiciones y productos de la producción capitalista, se han visto alteradas. ¿Cómo producen las personas tanto dentro como fuera del centro de trabajo? ¿Qué producen y bajo qué condiciones? ¿Cómo se organiza la cooperación productiva? ¿Y cuáles son las divisiones del trabajo y del poder que las separan a lo largo de las categorías de género y raza y en los contextos locales, regionales y globales? Desde mediados del siglo XIX, la industria a gran escala mantuvo la posición hegemónica dentro de la sociedad, no en el sentido de que la mayoría de las personas trabajaba en fábricas (de hecho, un pequeño porcentaje lo hacía, incluso en los países dominantes) sino, más bien, en que las características de la industria eran progresivamente impuestas sobre otros sectores económicos y eventualmente sobre la sociedad misma. Hoy en día, no obstante, resulta claro que la industria ya no mantiene tal posición hegemónica. Esto no es para decir que menos personas trabajan en fábricas hoy en día que hace 10 o 20 o 50 años atrás – aunque, en ciertos sentidos, sus locaciones han cambiado, moviéndose al otro lado de las divisiones globales del trabajo y el poder –. El reclamo, nuevamente, no es fundamentalmente cuantitativo sino cualitativo. La industria ya no impone sus características sobre otros sectores de la economía y, de forma más general, sobre las relaciones sociales. Considero que este es un planteamiento relativamente libre de controversias.

Surge más desacuerdo cuando uno propone otra forma de producción como sucesora de la industria y análogamente dominante. Toni Negri y yo sostenemos que la producción inmaterial o biopolítica está emergiendo en esa posición hegemónica – la producción de ideas, información, imágenes, conocimientos, código, lenguajes, relaciones sociales, afectos, etc. –. Esto designa ocupaciones a lo largo de la economía, desde los extremos altos a los bajos, desde trabajadores sanitarios, azafatas aéreas y educadores hasta programadores de software; y desde trabajadores de comida rápida y teleoperadores hasta diseñadores y publicistas. La mayoría de estas formas de producción no son nuevas, claro, pero la coherencia entre ellas es quizás más reconocible y, más importantemente, sus características hoy tienden a ser impuestas sobre otros sectores de la economía y sobre la sociedad en su conjunto. La industria tiene que informacionalizar: el conocimiento, el código y las imágenes se están volviendo cada vez más importantes a lo largo de sectores tradicionales de producción; y la producción de afectos y cuidado se está volviendo cada vez más fundamental en el proceso de valorización.

Marx reconoció que en paralelo al auge y dominio de la producción industrial se producía una pugna entre dos formas de propiedad: la propiedad inmóvil (como la tierra) y la propiedad móvil (como las mercancías materiales). Hoy, con el auge de la economía biopolítica, la pugna es entre la propiedad material y la propiedad inmaterial. O, para decirlo de otro modo, mientras que Marx se enfocó en la movilidad de la propiedad, lo que hoy está en juego es la escasez y la reproducibilidad, de tal forma que la pugna es entre la propiedad exclusiva y la propiedad compartida. Considérese, por ejemplo, los debates sobre patentes, derechos de autor, conocimientos vernáculos, códigos genéticos y la información en el germoplasma de las semillas. Al igual que Marx vio que el movimiento necesariamente triunfa sobre la inmovilidad, así mismo hoy en día lo inmaterial triunfa sobre lo material, lo reproducible sobre lo irreproducible y lo compartido sobre lo exclusivo.

El dominio emergente de esta forma de propiedad es significativo, en parte, porque demuestra el conflicto entre lo común y la propiedad en tanto tal, y le devuelve su lugar protagónico. Las ideas, las imágenes, los conocimientos, los códigos, los lenguajes e incluso los afectos pueden ser privatizados y controlados como propiedad, pero es más difícil vigilar la posesión de éstos, siendo tan fácilmente compartidos o reproducidos. Hay una presión constante para que tales bienes escapen las fronteras de la propiedad y se hagan comunes. Si tienes una idea, compartirla conmigo no reduce su utilidad para ti, sino que usualmente la incrementa. De hecho, para realizar su productividad máxima, las ideas, las imágenes y los afectos deben ser comunes y compartidos. Cuando son privatizados su productividad se reduce dramáticamente – y, añadiría, tornar lo común en propiedad pública, es decir, someterla al control o administración del estado, reduce similarmente la productividad –. La propiedad se está convirtiendo en un freno al modo de producción capitalista. Esta es una emergente contradicción interna al capital: cuanto más se acorrale lo común como propiedad, más se reducirá su productividad, y sin embargo la expansión de lo común socava las relaciones de propiedad.

El neoliberalismo ha sido definido no sólo como la batalla de la propiedad privada contra la propiedad pública sino también, y quizás más importantemente, contra lo común. Dos tipos de común han sido objeto de las estrategias neoliberales del capital. Por una parte, los nombres comunes de la tierra y todos los recursos asociados con ella: el agua, el aire, los minerales, etc. Por otra parte, lo común también se refiere, como ya lo he mencionado, a los resultados del trabajo y la creatividad humana, como las ideas, el lenguaje, los afectos, etc. Una escena clave de tal privatización han sido las industrias extractivas, proveyendo a las corporaciones trasnacionales con acceso a los diamantes de Sierra Leona o al petróleo en Uganda o a los depósitos de litio y los derechos sobre el agua en Bolivia. Muchos autores, incluyendo a David Harvey y Naomi Klein, han descrito esto en términos que resaltan la importancia renovada de la acumulación primitiva o la acumulación por desposesión.

Las estrategias neoliberales para la privatización de lo común “artificial” son mucho más complejas y contradictorias. Mientras más se somete lo común a relaciones de propiedad, como dije, menos productivo es, y sin embargo el proceso de valorización capitalista requiere de la acumulación privada. En muchos dominios, las estrategias capitalistas para privatizar lo común a través de mecanismos tales como patentes y derechos de autor continúan (usualmente con dificultad) a pesar de las contradicciones. La industria de la música y la industria de la computación están llenas de ejemplos. Este también es el caso con la así llamada biopiratería, esto es, los procesos por los cuales las corporaciones trasnacionales se expropian de lo común en la forma de conocimientos vernáculos o información genética de plantas, animales y humanos, usualmente a través del uso de patentes. Los conocimientos tradicionales del uso de una semilla molida como un pesticida natural, por ejemplo, o las propiedades curativas de una determinada planta, son convertidos en propiedad privada por la corporación que patenta el conocimiento. (El término piratería para tales actividades es realmente inapropiado. Los piratas tienen una vocación mucho más noble: robar propiedad. En vez, estas corporaciones roban lo común y lo transforman en propiedad.) El desarrollo del capital claramente no es bueno en sí mismo – y la tendencia al dominio de la producción inmaterial o biopolítica conlleva consigo una serie de formas de explotación y control nuevas y más severas –. Pero deberíamos también reconocer cómo la producción biopolítica otorga al trabajo una autonomía creciente y provee de las herramientas o armas que podrían ser empleadas en un proyecto de liberación, particularmente a través de las maneras en que excede las fronteras de las relaciones capitalistas y al referirse constantemente a lo común.

Esta noción de lo común puede ayudarnos a comprender lo que significa el comunismo – o lo que podría significar –. En sus escritos tempranos, Marx se opone a cualquier concepción del comunismo que involucre abolir la propiedad privada sólo para hacer que los bienes sean una propiedad de la comunidad. En vez, el comunismo propiamente concebido es la abolición no sólo de la propiedad privada, sino de la propiedad en tanto tal. No obstante, nos es difícil imaginar nuestro mundo y a nosotros mismos fuera de las relaciones de propiedad. “La propiedad privada nos ha estupidizado y unidimensionalizado tanto”, escribe Marx, “que un objeto es sólo nuestro cuando lo tenemos”. ¿Qué significaría considerarnos a nosotros mismos y a nuestro mundo no como propiedad? ¿Nos ha estupidizado tanto la propiedad privada que no podemos verlo? Marx intenta aprehender el comunismo, de una manera un poco torpe y romántica, en términos de la creación de una nueva manera de ver, un nuevo escuchar, un nuevo pensar, un nuevo amar – en breve, la producción de una nueva humanidad –.

Aquí Marx está en la búsqueda de lo común, o, más bien, de una forma de producción biopolítica puesta en manos de lo común. El acceso y el compartir libres que caracterizan al uso de lo común están fuera de las relaciones de propiedad y son contrarias a ellas. Se nos ha estupidizado tanto que sólo podemos reconocer el mundo como privado o público. Nos hemos vuelto ciegos a lo común. El comunismo debería ser definido no como la abolición de la propiedad, sino como la afirmación de lo común – la afirmación de la producción libre y autónoma de subjetividad, relaciones sociales y de formas de vida; la creación continua y auto-gobernada de una nueva humanidad –. En los términos más sintéticos, lo que la propiedad privada es al capitalismo y lo que la propiedad del estado es al socialismo, lo común es al comunismo.